La instrumentalización política del pasado en los populismos y las autocracias contemporáneos: Implicaciones para la discusión en torno al “fin de la historia”

Universidad de Puerto Rico en Arecibo

Con dos ejemplos que van de la izquierda radical en América Latina a la ultraderecha en Europa, el artículo de Nelly Arenas que coloco aquí, “De Chávez a VOX: El populismo y el uso de la historia”, aborda el fenómeno de los populismos contemporáneos y el abuso que estos hacen del pasado. Partiendo de la descripción que ha venido haciendo Fernando Mires de los nacional-populismos, Arenas destaca como denominador común entre VOX y el chavismo la defensa de la nación que se percibe como amenazada por fuerzas externas en sus tradiciones e identidad. La misión de recomienzo nacional que estos adoptan requerirá entonces de procedimientos revisionistas para producir un relato selectivo en el que todo lo que no encaje dentro de su cosmogonía deberá ser demonizado, extirpado o invisibilizado. En el caso del chavismo, la autora destaca la supresión de las figuras que gestaron y protagonizaron el capítulo democrático de la historia de Venezuela, así como la intensificación del culto a Bolívar, cuyo alcance simbólico se expresa con el cambio de nombre: de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela. En el caso de VOX, este partido rechaza las coordenadas tradicionales de izquierda y derecha para presentarse como una organización de defensa de la identidad española. Magnificando hechos y personajes históricos del periodo de la Reconquista, promueve una interpretación de la vida política española como una contienda entre el bien, representado por el cristianismo, y el mal, atribuído al islam. La historia de España es leída aquí como una de resistencia y lucha contra agentes invasores encarnados en esa religión.

En su artículo, Arenas ofrece además referencias importantes para profundizar en estos dos casos de nacional-populismo. No obstante, lo que me parece absolutamente pertinente para mi investigación y que ahora quiero redirigir hacia las discusiones en torno al “fin de la historia” es su conclusión: “Pareciera que, en la medida en que los nacional populismos son incapaces de lidiar con el presente y gestionar el futuro, mayor es su necesidad de recurrir al pasado.” Quiero comenzar señalando que esta incapacidad para lidiar con el presente y gestionar el futuro no es exclusiva de los nacional-populismos. También la encontramos en el putinismo, que no es populista. Por otro lado, si bien la fuerza con la que irrumpen estas tendencias autocráticas en el mundo nos ha puesto sobre la pista de la referencia al tiempo – dado que el recurso y el abuso que hacen del pasado es simplemente alucinante -, no debemos pasar por alto que una mutación de nuestra relación con la dimensión temporal ya había tenido lugar. Esto es lo que, sobre el fondo de un desinflamiento de lo simbólico que deriva en una inoperancia del lenguaje significante, he venido estudiando con el presentismo como rasgo fundamental de lo contemporáneo. Lo nuevo que se revela con las autocracias del siglo XXI no es tanto el recurso que hacen del pasado ni su instrumentalización. Tampoco, la especie de palimpsesto que hacen de la historia. Lo radicalmente nuevo es el efecto que esto tiene en el contexto contemporáneo caracterizado por la desintegración del lazo social y la frágil inscripción en el orden del lenguaje. Mientras que, hasta hace algún tiempo, el revisionismo y el negacionismo históricos eran objetos de discusión, tanto política como académica; hoy día, lo que ha desaparecido es el tablero de la discusión con consecuencia. Los intercambios comunicacionales ya no se sitúan al interior de una estructura simbólica mínimamente compartida, ni de ellos se desprenden significaciones que se sostengan lo suficiente en el tiempo para producir sentido (ya sea direccional o semántico). En lugar de producir sentido, estos intercambios comunicacionales se precipitan en el plano de las emociones sin un suelo que los haga rebotar hacia el pensamiento. Esto hace que la referencia al pasado no tenga el efecto de construir un nuevo presente con un programa político que dibuje un horizonte en el futuro (algo que, a pesar de las consecuencias aniquiladoras de lo político, aún lograban las narrativas en los totalitarismos del siglo XX), sino que constituye más bien una fijación que desactiva el tiempo histórico.

Aquí conviene aclarar la diferencia entre tres lecturas distintas del “fin de la historia”. La de Hegel, que con esta expresión se refiere al fin de la acción como proyecto desde una perspectiva historicista e idealista; la de Francis Fukuyama, que declara el “fin de la historia” con el aparente triunfo de la democracia liberal luego de la caída del Muro de Berlín (al calor de los avances del neoliberalismo y la globalización); y, por último, la de Jean Baudrillard. Este último retoma la expresión hegeliana del “fin de la historia” en tanto fin de la acción como proyecto, pero no porque comparta una visión historicista, idealista y diacrónica de la historia, sino porque interpreta los efectos de las transformaciones posmodernas que llevan a su desaparición (ver en otra entrada: https://observatoriomovil.com/2022/02/22/la-ilusion-del-fin-o-la-huelga-de-los-acontecimientos-jean-baudrillard-anagrama-1997/).

La época en la que las autocracias han podido proliferar haciendo del pasado una fijación malsana, es la época que le puso fin a la historia. Primero, en una especie de ninguneo del pasado y complacencia presentista producto de una confianza en los sistemas de cálculo de riesgo y especulación que reemplazó al sujeto en la toma de decisiones e hizo del futuro algo irrelevante. Luego, en el pasaje que va de la crisis como un paréntesis (fórmula moderna) a la crisis permanente (fórmula contemporánea). Por esta otra vía también, el futuro ya había desaparecido como referencia temporal, puesto que la crisis permanente impone la lógica de la sobrevivencia cuyos únicos planos son el aquí y el ahora. Aunque la guerra de Putin pueda llevar a algunos a pensar, desde la perspectiva fukuyamiana, que la historia ha retomado su curso; desde el punto de vista que he querido privilegiar con la lectura de Baudrillard, habría que concluir más bien que las autocracias del siglo XXI inician otra faceta de la condición poshistórica. Sobre el afán posmoderno por historiar todo, archivar todo, memoriar todo; nuestro pasado y el de todas las culturas, Baudrillard se preguntaba en 1992: “¿No es éste el síntoma de un presentimiento colectivo del fin; que ha terminado el evento y el tiempo vivo de la historia y que hay que armarse de toda la memoria artificial, de todos los signos del pasado, para afrontar la ausencia de futuro y los tiempos glaciales que nos esperan?” Las autocracias contemporáneas, más que instrumentalizar el pasado, instrumentalizan la condición poshistórica e inauguran el pasaje que va de la despolitización que profundizaron las tecnocracias, a la antipolítica. Esto lo logran con un ersatz de historia cuyos efectos debemos seguir describiendo.

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