La ilusión del fin o la huelga de los acontecimientos, Jean Baudrillard (Anagrama, 1997)

Universidad de Puerto Rico, Recinto de Arecibo

Uno de los primeros filósofos contemporáneos en advertir las mutaciones en nuestra relación con el tiempo ha sido Jean Baudrillard. Aunque hoy ha devenido un lugar común el diagnóstico del presentismo (o de la condición post-histórica) para el análisis de los rasgos de época, Baudrillard sigue siendo uno de los pensadores que de manera más aguda ha sabido hilar fino en la especificidad de estas transformaciones. En este libro de 1992 (L’illusion de la fin ou la grève des événements, Éditions Galilée) ofrecía ya las coordenadas para una comprensión de las consecuencias del llamado “fin de la historia” con un contenido muy distinto al que Hegel, en un primer momento y, de otra manera, casi dos siglos más tarde, Francis Fukuyama, concibieron. Aceleración, ralentización y estereofonía; he ahí las tres hipótesis sobre la desaparición de la historia que Jean Baudrillard explora como introducción a los análisis en este libro. Las primeras dos serán tratadas haciendo analogías con mecanismos descritos por la física; la tercera, con una referencia perteneciente al campo musical.

La aceleración remite a la velocidad de liberación necesaria a un cuerpo para escapar de la fuerza gravitacional de un astro o de un planeta. Con esta imagen, Baudrillard sugiere suponer que la aceleración de la modernidad (técnica, evenemencial, mediática); la aceleración de todos los intercambios (económicos, políticos, sexuales), nos ha llevado a una velocidad de liberación tal que hemos escapado de la esfera referencial de lo real y de la historia: “Estamos ‘liberados’ en todos los sentidos del término, tan liberados que nos salimos de un cierto espacio-tiempo, de un cierto horizonte donde lo real era posible porque la gravitación era todavía suficientemente fuerte para que las cosas pudiesen ser reflexionadas y, por lo tanto, tener alguna duración y alguna consecuencia”. De modo que para que se produzca la suerte de condensación o de cristalización significativa de los acontecimientos que llamamos historia, hace falta cierta lentitud (aunque no demasiada), cierta distancia (aunque no demasiada) y cierta energía de liberación (de ruptura y de cambio), pero no demasiada. Pues más allá de ese efecto gravitacional que mantiene los cuerpos en órbita, los átomos de sentido se perderían en el espacio. Así, ningún lenguaje humano resiste a la velocidad de la luz; ningún evento resiste a su difusión planetaria; ningún sentido resiste a su aceleración; ninguna historia resiste a la centrifugación de los hechos. Baudrillard también observa que la energía cinética de nuestras sociedades actuales hace que tampoco la teoría se encuentre en estado de reflexionar sobre algo; solo logra arrancarle los conceptos a su zona crítica de referencia.

La segunda hipótesis en torno a la desaparición de la historia apunta en la dirección contraria (aunque no es excluyente de la primera): la historia y el sentido no logran encontrar su velocidad de liberación. Esta es la hipótesis de la ralentización que, en el campo de la física, se puede leer de la siguiente manera: en la superficie de un cuerpo demasiado denso, el tiempo parece ir más lento. El fenómeno se intensifica cuanto más crece la densidad. Esta ralentización tendrá el efecto de alargar la longitud de onda de la luz emitida por el cuerpo, tal como ella será recibida por el observador. A partir de un cierto umbral, el tiempo se detiene; la longitud de onda deviene infinita. La onda deja de existir; la luz se apaga. La analogía con la ralentización de la historia se hace evidente cuando se toma en cuenta el proceso de masa que caracteriza a las sociedades contemporáneas. No solo en el sentido sociológico y demográfico, sino también en el sentido de “masa crítica”, de rebasamiento del punto de no-retorno. La masa nace también de la hiperdensidad de las ciudades, las mercancías, los mensajes, los circuitos. De modo que, la materia inerte de lo social no es el resultado de una falta de intercambios, de información o comunicación, sino de su multiplicación y saturación. Baudrillard sostiene que, de esta manera, los eventos se suceden y se anulan en la indiferencia. Los eventos, neutralizados por la información, hacen que las masas neutralicen a su vez la historia y operen como una pantalla de absorción. Por esta segunda vía, la de la ralentización, la indiferencia y la estupefacción, la historia toma final. Por un lado, el sentido no logra desprenderse de esos cuerpos demasiado densos que ralentizan su trayectoria. Por otro lado, el tiempo se ralentiza al punto que, a partir de cierto momento, la percepción y la imaginación del futuro se nos escapan. En el fondo, con esta hipótesis, Baudrillard reconoce que no cabría ni hablar de fin de la historia, ya que ella no tendría el tiempo de encontrar su propio final. La propia energía de liberación de la especie (la aceleración de nacimientos, tecnologías e intercambios a lo largo de los siglos) crea un agregado de masa y resistencia que supera a la energía inicial y nos arrastra a un movimiento despiadado de contracción e inercia.

Tercera hipótesis: el efecto estereofónico. Todavía para dar cuenta del punto de desaparición de la historia, pero esta vez con una analogía musical, Baudrillard nos explica cómo se nos escapa de los oídos la musiquita de la historia. Estamos obsesionados con la alta fidelidad, pero en la perfección que hoy se alcanza de su materialidad, la música desaparece; desaparece en su propio efecto especial. A partir de cierto grado de perfección sonora, no hay más placer o juicio estético, sino que solo queda el éxtasis de la musicalidad: su fin. La desaparición de la historia, nos dice Baudrillard, sería del mismo orden: “aquí también, hemos sobrepasado ese límite donde, a fuerza de sofisticación evenemencial e informacional, la historia deja de existir como tal”. Ya no volveremos a escuchar la música de antes de la estereofonía, sino a través de un efecto de simulación técnico suplementario. Tampoco volveremos a tener la historia de antes de la información y los medios. La hiper-realidad los borra. Salimos de la historia para entrar en la simulación, observa el filósofo. No obstante, esta salida de la historia para entrar en la simulación no sería la consecuencia del hecho de que, en el fondo, la historia no era sino un inmenso modelo de simulación. No es la consecuencia de que la historia no existiera sino en la forma de un relato o interpretación. La salida de la historia para entrar en la simulación se debe a la temporalidad en la que ella se desarrolla: ese tiempo lineal que es, a la vez, el del fin y el de una suspensión ilimitada del fin. Así, el tiempo real es un artificio aún mayor que el tiempo diferido y es, al mismo tiempo, su denegación. Si queremos tener el goce inmediato del evento, vivir en el instante como si estuviéramos ahí, es porque no tenemos ya ninguna confianza en el sentido o la finalidad del evento.

Estas últimas observaciones se revelan sumamente pertinente para acercarnos al tema de la memoria, pues Baudrillard sostiene que la misma denegación se puede identificar en los comportamientos aparentemente inversos: el afán por historiar todo, archivar todo, memoriar todo; nuestro pasado y el de todas las culturas. Y se pregunta: “¿No es éste el síntoma de un presentimiento colectivo del fin; que ha terminado el evento y el tiempo vivo de la historia y que hay que armarse de toda la memoria artificial, de todos los signos del pasado, para afrontar la ausencia de futuro y los tiempos glaciales que nos esperan? Igual, sus reflexiones arrojan luz sobre los imaginarios catastróficos del presente como una exigencia de resolución violenta de la realidad, cuando ésta se nos escapa en una hiper-realidad sin fin.

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