Entrevista a Maurizio Lazzarato: Subvertir la máquina de la deuda infinita.

La relación acreedor-deudor es una relación organizada en torno a la propiedad, es una relación entre quien dispone o no de dinero. La propiedad, más que referirse a los medios de producción como decía Marx, gira en torno a los títulos de propiedad del capital, por tanto hay una relación de poder que está modificada respecto a la tradición marxiana, esta desterritorializada por decirlo con Deleuze y Guattari –está a un nivel de abstracción superior, pero de todos modos está organizada en torno a una propiedad: entre quien tiene o no acceso al dinero.

Es una relación de poder que en vez de partir de la igualdad del intercambio, parte de la desigualdad de la relación acreedor-deudor, que es inmediatamente social: la economía de la deuda no hace distinciones entre asalariados y no asalariados, entre ocupados y desocupados, entre trabajo material e inmaterial: todos estamos endeudados. Al mismo tiempo es una dimensión inmediatamente mundial, que actúa y comanda transversalmente sobre las divisiones entre países ricos y pobres, consolidados o emergentes. El crédito/débito ha sido el arma fundamental de la estrategia capitalista después de los años 70, desplazando completamente el terreno de la lucha de clases a nivel social y mundial, con el que todavía tenemos actualmente dificultad para enfrentarnos.

Querría retomar un argumento que no he utilizado en el libro porque procede de ese gran reaccionario que es Carl Schmitt y que se refiere al problema de la propiedad. El razonamiento me ha sido muy útil para pensar sobre el poder de la moneda, aunque Schmitt no hable de esta última. Todo orden político-económico está construido y organizado a partir de tres principios basados en los significados diversos de la palabra “nomos”. Estos tres principios están en la base de la economía del credito/débito. En primer lugar “nomos” significa tomar/conquistar” y por tanto apropiación. Toda nueva sociedad (y toda nueva secuencia del dominio capitalista, por ejemplo el post-fordismo) comienza con la conquista, la rapiña, con una especie de apropiación/expropiación original. Hasta el capitalismo esta fase consistía en la apropiación/expropiación de la tierra como presupuesto de toda economía y derecho ulterior. En el capitalismo contemporáneo esta fase ha sido organizada por las finanzas y por el crédito que han expropiado, a través de la moneda, la sociedad en su conjunto (no solo el trabajo, sino el conjunto de las relaciones sociales, de los saberes, de la riqueza, etc… ). Es decir, las finanzas como máquina de captura predatoria. El segundo significado de “nomos” es “compartir/dividir”. La división/distribución “hace las partes” (pero de modo radicalmente diferente a Rancière). Atribuyendo “lo mío y lo tuyo” define la propiedad y el derecho. En el capitalismo contemporáneo la propiedad es distribuida por la moneda y por el crédito/débito, y es, principalmente, posesión o privación de títulos de capital.

El tercer significado de “nomos” es producir, producción. Está claro que en la secuencia abierta a finales de los 70, hay una apropiación/expropiación, una distribución/división (propiedad) que precede lógicamente a la producción. El concepto de producción para no ser economicista debe incluir estos tres principios. En El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari la distribución de las funciones, de la propiedad y la apropiación está organizada por la moneda como prerrequisito de la “producción”.

Lo interesante es que hasta el capitalismo el orden de los eventos en el proceso de la constitución de una sociedad se describe como apropiación, división,producción. La economía clásica y el liberalismo han pretendido hacer creer que la producción”, caracterizada por la liberación de las fuerzas productivas y las trabas de la sociedad del Antiguo Régimen, resolvía en su interior el problema de la apropiación y de la división. Y es lo que los neoliberales y sus gobiernos técnicos continúan afirmando. Deviniendo el nivel de vida siempre más alto (crecimiento), la “división resulta más fácil y la apropiación no es solo inmoral, sino también
irracional desde el punto de vista económico y por tanto insensata” (Schmitt). Schmitt cita a Lenin y Marx, como autores que –en parte, dice– no han caído en la tentación de la “producción”. El primero considera el imperialismo y la colonización como necesaria la apropiación/expropiación para resolver la “cuestión social”, mientras Marx considera la acumulación originaria y su feroz violencia como condiciones imprescindibles del capital. Para cambiar la producción es necesario “expropiar a los expropiadores” y distribuir socialmente la “propiedad”. Este es el problema de esta crisis que los liberales y los socialdemócratas no quieren ver –o mejor ven perfectamente, pero no quieren aceptar! Un nuevo crecimiento, un nuevo New Deal que no impliquen una nueva apropiación y una nueva propiedad (que expropie a los expropiadores, ¡esta es la cuestión!) no hace más que perpetuar las condiciones de la crisis. El crecimiento es una relación política antes que económica. Crecimiento verde, crecimiento tout court, Nuevo New Deal, políticas de empleo, etc… no tocan absolutamente los
fundamentos políticos de la crisis, es decir las características de la apropiación y de la división propias del neoliberalismo. Siendo estas las propuestas liberales y “socialdemócratas” para salir de la crisis, podemos esperarnos su profundización que, en realidad, ya está en curso. El crecimiento de Alemania, por ejemplo, no modifica las causas de la crisis, porque acrecienta las diferencias y las desigualdades de clase, no solo la precariedad de los trabajadores pobres
sino también la de los asalariados cualificados y concentra la riqueza producida en manos de unos pocos. Y es siempre la economía de la deuda que “expropia”, “divide” y comanda la “producción”. Afortunadamente, la austeridad que Alemania, a través del control del euro (forma contemporánea de la moneda como capital, de la moneda como comando), quiere imponer a los europeos no funciona y está transfiriendo la “inestabilidad” de los mercados en el terreno político, alterando la relación capital/estado, capital/sistema político con resultados
impredecibles.

La definición de economía de la deuda es también un potencial instrumento de transversalidad de las luchas: el endeudamiento concierne a todos (garantizados, sin garantías, trabajadores utónomos, desocupados). Por un lado el comando capitalista se ha reorganizado en torno a as finanzas que captura y decodifica los flujos productivos y por otro se asiste a una progresiva incorporación del capital fijo en la fuerza-trabajo.

Financiarización y cognitivización son la abscisa y la coordenada del diagrama de poder contemporáneo en el que se despliegan las diversas figuras del trabajo, las diversas formas de vida (tanto el precario del conocimiento como el campesino francés, el estudiante endeudado como el pastor sardo). ¿Dentro de este paradigma postfordista puede considerarse la deuda, el interés, como la nueva forma de medida capitalista?

El crédito/débito supone diversas cosas. Es un dispositivo de captura de la riqueza social, es un dispositivo de comando porque redefine a través del crédito la asignación de las inversiones y también sí, es una nueva forma de medida, de valoración de la medida. Los mecanismos de valoración introducidos en todos los ámbitos, incluida la universidad, proceden de las finanzas. Las finanzas han planteado este proceso diciendo que en la fábrica fordista, donde la medida era imposible, para poder invertir por ejemplo en una empresa, las finanzas tenían que tener todos los instrumentos posibles de valoración, una perfecta transparencia que se ha conseguido a partir de las contables introducidas en los años 80 y 90.

La medida es otro de los principios introducidos siempre por Carl Schmitt, afirmando que el fruto de la apropiación, lo que es adquirido por medio de “conquista, descubrimiento, expropiación” debe ser “medido/pesado/dividido”. Por tanto, no es que no haya ya medida, sino que, como las finanzas y el crédito demuestran, se trata más bien de una medida “subjetiva”. Sin duda es una nueva medida y es una medida arbitraria, que depende solo de las lógicas del poder, y esta lógica de la valoración/medida se impone en todos los aspectos de la vida, introduciendo la figura del experto y de la valoración, en la escuela, en la policía, en la universidad, en los hospitales, hasta en el gobierno, etc… Es necesario, fundamental, subvertir esta estructura jerárquica, partiendo de la reapropiación social y el intercambio de los conocimientos, romper esta lógica de la medida, de la valoración, del experto.

Entre las páginas más interesantes del libro está la polémica contra «el igualitarismo» de Rancière y Badiou y la «reflexividad» de Beck (y Habermas). El radicalismo no-marxista francés y el post-marxismo socialdemócrata alemán, muy diversos entre ellos, presentan sin embargo dos analogías: omiten la lucha de clases del debate de la izquierda y proponen teorías de la comunicación que no tienen en cuenta las relaciones de poder. En definitiva, lo que Guattari definía la normalización franco-alemana parece encontrar también articulaciones progresistas. Pero incluso los movimientos a caballo del siglo se están viendo afectados por un sentido más que nada ético o por cierto idealismo comunicativo, ¿es el momento de volver a ser marxistas?

En Badiou e Rancière está el político, pero no el capitalismo. Está el político, pero el
precapitalista. Están Platón y Aristóteles, antes que Marx. No está la producción, no está la fábrica. La fábrica entendida como primera actualización de la concatenación hombres/máquinas/signos que encontramos actualmente no solo en la producción, sino en toda relación social. Y que encontramos también en el Estado/welfare, en sus administraciones. Siempre me ha llamado la atención que en Badiou y Rancière no aparece ni si quiera el concepto, ni siquiera la palabra “máquina”, como no aparece ni la palabra técnica o ciencia. La máquina (en el sentido de máquina social y máquina técnica) ha desaparecido también de otras teorías críticas, precisamente ahora que está en todas partes, precisamente
ahora que acompaña cada gesto, expresión, acción de nuestra cotidianidad. Pienso que el concepto de lenguaje y de giro lingüístico en la filosofía analítica han provocado grandes errores, porque remiten a un proceso que no me parece de subjetivización materialista. En el capitalismo, la subjetivización está siempre relacionada con la máquina técnica y social. El capital es una relación social, una relación de poder, pero “asistida” por máquinas sociales y máquinas técnicas. Esta es la especificidad del capitalismo. No es una simple relación entre “hombres”, intersubjetiva como en Hannah Arendt (o Rancière), donde en la acción no hay un
átomo de “materia”. Pienso que es necesario permaneces “fieles” al “Fragmento sobre las máquinas” con el que se han formado varias generaciones. Por estas razones pienso que la subjetivización política en Badiou y Rancière es “idealista”. En Badiou la lucha de clases se piensa en abstracto, su antología son las matemáticas. Badiou y Rancière hablan de la economía como si no tuviese nada que ver con la política, cuando lo político está completamente redefinido por la economía. Esto es el capitalismo y no otra cosa: “Nuestro destino es la economía”, que es una relación de poder, una relación donde están quienes gestionan el poder y quienes lo padecen y los que lo padecen tienen la posibilidad de rebelarse, de cambiar la situación. La subjetivización no gira en torno a la democracia, sino a
partir da procesos maquínicos de explotación y dominación que devienen democráticos en las luchas.

A Beck hay que tomarlo como uno de los modelos de la imposible “tercera vía”, de la nueva socialdemocracia. La sociedad del riesgo de Beck me parece completamente ridícula porque –para decirlo en términos muy simples– las diferencias de clase atraviesan también el riesgo, cosa inconcebible para estas teorías donde se deja de lado la lucha de clases como una vieja herramienta inutilizable. Los únicos que no arriesgan son los capitalistas; los riesgos son todos
para los proletarios. Si llevásemos hasta el fondo el discurso del riesgo en la economía de ladeuda, los inversores que se han arriesgado invirtiendo en deuda soberana deberían asumir la responsabilidad. Si los Estados van a la quiebra, pierden su dinero, punto y final. En cambio ocurre todo lo contrario: los que no son responsables pagan el riesgo del sistema económico. El verdadero riesgo es para la gente, y lo mismo vale para el riesgo ecológico.

Beck piensa lo político a través de una difusión y una democratización de los centros de decisión y de gobierno, la multiplicación de las mediaciones, de las “discusiones”. Lo que está sucediendo ante nuestros ojos es exactamente lo contrario. Creo que hay una centralización de las decisiones y las tecnologías de governance. A través del gobierno técnico, esta crisis impone una recentralización del comando, una recentralización de los dispositivos de governance estatales y no estatales, que deja de lado la “política representativa”, la democracia de los ciudadanos, etc… Lo curioso es que es verdad que el gobierno técnico decide, pero su enérgica decisión para reducir los salarios, las rentas, los gastos sociales, es
absolutamente ineficaz para salir de la crisis. Van contra un muro, solo que entre ellos y el muro estamos nosotros. La socialdemocracia fue construida en torno a bases políticas precisas que no parecen reproducibles hoy en los términos que propone Beck, no existe ya esta posibilidad, la crisis actual hace completamente fracasar estas teorías de la tercera vía elaboradas en los años 80-90.

Pasando de la teoría a la práctica, es del todo evidente la insuficiencia de los sindicatos (incluso de aquellos más combativos) y la incapacidad de la izquierda radical (pensemos en el rol de Los Verdes en las reformas del welfare alemán) para leer el presente. Los nuevos movimientos están empezando a poner la cuestion de la deuda, por ejemplo la campaña contra la deuda estudiantil en los EE.UU. y contra Equitalia en Italia. Los Indignados y Occupy ocupando físicamente las plazas (como fábricas) aluden también a la reapropiación de la metrópoli (aspecto a tener en cuenta, considerando que la desregulación descarga sobre los entes locales segmentos cada vez más consistentes del welfare). El rompecabezas de la
organización, no obstante, sigue estando muy abierto: si es ciertamente necesario poner del revés el trabajo sobre sí del hombre endeudado en términos recompositivos construyendo puentes sólidos entre sujetos diferentes, ¿no existe el riesgo de menospreciar la condición de las singularidades?

Aquí hay que partir del agotamiento de la lógica de la representación (tanto política como lingüística). Un largo proceso de crisis de la representación está llegando a término, tanto desde el punto de vista del capital como desde el punto de vista de la emancipación. La crisis de la deuda es antes que nada una crisis de la gobernabilidad que redefine tanto a los gobernados (el hombre endeudado) como a los gobernantes (gobierno técnico). También arroja luz sobre el concepto de gobernabilidad de Foucault, rompiendo radicalmente con su genealogía. Asistimos, desde la época de Thatcher a una privatización de la gobernabilidad
que es la otra cara de la privatización de la moneda. La tecnología gubernamental no es ya una tecnología del Estado (incluso si el Estado juega un rol central aunque como institución “privatizada”) y la economía no limita tan solo desde dentro la posibilidad de gobernar, sino que la asume totalmente. El gobierno técnico es la realización de este proceso de privatización. La lógica de la representación es sustituida por la lógica funcional, operativa (diagramática diría Deleuze y Guattari) de la moneda/crédito, una lógica que no pasa por la representación, ni por las semióticas significantes y representativas (lenguaje) ni por la de los “sujetos” que deciden (a lo Schmitt). La lógica de la “producción” y la lógica de la representación (política y lingüística) funcionan juntas en el capitalismo, pero a partir de la supremacía de la primera. Y en la crisis la primera ocupa todo el espacio político.

¿Qué es un gobierno técnico, un gobierno no representativo? Es un intento de trasposición de la lógica del “just in time”, de la empresa a la política. El gobierno debe asegurar que la población responda en tiempo real a las modificaciones de las variables económicas. El spread, la bolsa, los salarios, las rentas, los gastos sociales deben adaptarse en tiempo real a las señales emitidas por la economía de la deuda. Los neoliberales han definido la subjetividad de los gobernados mediante el concepto de “capital humano” definición hecha propia por
Foucault. ¿Qué es el “capital humano”? Es “capital humano” aquel que responde
sistemáticamente a las modificaciones introducidas artificialmente en el “ambiente”. El capital humano ya no es el “atomo de libertad” de la economía clásica, sino una variable sistémica y subordinada cuyos comportamientos deben adaptarse, ser compatibles, responder en “just in time” a los signos emitidos por la economía. Lo que el neoliberalismo no ha conseguido obtener del capital humano (la capacidad de responder en tempo real a las exigencias de los
“acreedores”) pretende arrancárselo al hombre endeudado. En un primer momento parece haberlo conseguido, pero ya se ven los límites y la imposibilidad de esta “política técnica”. Al delirio de la “autoregulación” de los mercados, se añade el delirio de la autoregulación de la gobernabilidad. Una especie de gobierno automático, cibernético, diría Deleuze y Guattari, que no funcionará. En medio de toda esta agitación destructiva y anti-productiva del capital, irrumpe
una gran noticia: la sociedad contemporánea, en realidad, no puede gobernarse por la lógica capitalista sino en términos autoritarios (y de una nueva reacción),y es en esta dirección que se mueven las técnicas de gobierno. La sociedad excede la medida de la economía neoliberal. Lo que se muestra como una fuerza del capital, esconde una gran debilidad.

Vivimos en un estado de excepción permanente que hoy se ha convertido en la regla, ¡y al que es inútil continuar llamando de excepción! Si el soberano es aquel que decide en estas condiciones, el soberano es hoy el Capital. Esto implica, evidentemente, un cambio radical del concepto de soberanía, realmente su fin, (este es el límite de Schmitt y de todas las teorías basadas en él, Agamben, etc… ), porque el capital no es una “persona” (condición schimittiana de la decisión) y ni siquiera un grupo de personas, sino una “maquina” (o mejor, un conjunto de
máquinas) con sus subjetivaciones o personificaciones, y, segunda observación, no hay un territorio, ni la posibilidad de expresar “valores” capaces de constituir una comunidad, una sociedad, como dirían los ultraliberales alemanes. El mercado, la empresa y la competencia se rigen por principios disolventes, más que unificadores, destruyendo sistemáticamente lo que mantiene unida una sociedad. El capital siempre se ha visto obligado a utilizar los territorios anexados para colmar sus lagunas de integración política, la más importante, el Estado-Nación,
que ha socavado sistemáticamente a partir de los años 70. Todas las mediaciones
representativas e institucionales han fracasado o se han debilitado enormemente. En Italia este proceso salta a la vista: la “Padania” es la farsa del territorio y de los “valores”, comunitarios, del que carece el capital “terciario” representado por Berlusconi y los neofascistas, la otra cara de la farsa, que tiene en cambio garantizado un sucedáneo de valores estatales y nacionales. Una vez más la exhibición de la fuerza del Capital, es más bien signo de su debilidad, siempre y cuando emerja una subjetividad que lo combata a su mismo nivel, revelando, en la lucha, sus debilidades.

La lógica de la representación está en crisis también desde el punto de vista de los
movimientos. La democracia política y la democracia social (sindicatos, instituciones sociales, etc… ) fundadas sobre la representación han sido rechazadas por todos los movimientos en los últimos treinta años. Algo nuevo está surgiendo, entre miles de dificultades y ambigüedades. Los movimientos están realizando experimentaciones interesantísimas que, sin embargo, todavía no están a la altura del ataque perpetrado por el capital, aunque las de los Indignados,
Occupy Wall Street y especialmente la de Oakland están muy avanzadas, ya que, por un lado, se sitúan sobre un nivel inmediatamente social, rompiendo con las tradiciones corporativas y sectoriales de los sindicatos y, por otro, rehúyen la “representación”. En todo caso la aceleración y la profundidad de la crisis, constituirán los mejores maestros para encontrar nuevas modalidades de organización y nuevos temas de movilización. No pienso que se pueda subjetivizar en cuanto deudores, no creo que sea posible, es una categoría de asignación
capitalista, se es obligado a ser deudor. Sin embargo, la deuda ofrece inmediatamente un terreno social, una dimensión socializada transversal que antes no teníamos. Como diría Marx, el capitalismo se muestra en toda su desnudez, pero esto no supone hacer un discurso triunfalista o de filosofía de la historia. Las condiciones han cambiado respecto a las de los años 80 y 90, existe un terreno común que se resingulariza respecto a la heterogeneidad de las diversas luchas sociales, de las diversas formas de vida, partiendo de las prácticas propias de la reapropiación de la metrópoli, de las luchas sobre la renta, etc…

Las dinámicas expansivas del capitalismo están cerradas. En los años 80 podían todavía prometernos riqueza para todos. El capitalismo ya no puede mantener hoy esta promesa de riqueza futura. Lo que nos prometen ahora son “lagrimas y sangre” para los próximos 10-15 años y la feroz defensa de sus “privilegios”. Muchos de los viejos objetivos de la lucha de clases, devienen actuales.

Antonio Alia, Vincenzo Boccanfuso y Loris Narda uninomade.org


Traducido por nemoniente


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