Vender el cuerpo: la pregunta sobre la criminalización de la prostitución

Directora del Proyecto Pro-Mujer

Universidad de Puerto Rico, Recinto de Cayey

La antropóloga y feminista, Marta Lamas, analiza cómo la liberalización de las costumbres sexuales en el capitalismo tardío, junto con la desregulación neoliberal de los mercados, promovió la expansión de un mercado sexual. Hace la salvedad de que algunos negocios funcionan de manera criminal, como ocurre con la trata de personas. Destaca que las relaciones sexuales no son simples encuentros entre cuerpos, sino que también tienen que ver con visiones socialmente jerarquizadas y concepciones morales de la sociedad. Nos introduce al debate de dos importantes grupos: las feministas anti-prostitución (abolicionistas) vs. Las pro-trabajadoras sexuales. Cabe destacar que el concepto abolicionista es utilizado por Marta Lamas para referirse al feminismo que condena la prostitución y quiere erradicarla; posición que es contraria a la asumida por el abolicionismo en general. Según la autora, las abolicionistas, ven la objetivización sexual como deshumanizante, argumentando que la experiencia que viven las mujeres que venden sus cuerpos para ganarse la vida es degradante y está directamente vinculada a una brutal comercialización de los cuerpos promovida por el patriarcado capitalista. Mientras que las pro-trabajadoras sexuales, abogan por un activismo a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales. Denuncian la hipocresía y el puritanismo en relación con el comercio sexual e insisten en la necesidad de distinguir las practicas abusivas de otras formas de coordinación, administración y expresión del trabajo sexual, inclusive proponen la creación de cooperativas manejadas por las propias trabajadoras sexuales. Estas últimas, enfrentaron el efecto de la “guerras en torno a la sexualidad” (Sex Wars) que comenzó a darse en los Estados Unidos paralelo al desarrollo del feminismo y cuya influencia teórica y política ha enmarcado el debate feminista en el mundo. A ello se suma el giro punitivo de la política criminológica y judicial sobre el comercio sexual que ensancha aún más la fractura política y los conflictos entre las feministas. Explica que, en los Estados Unidos, la política anti-sexualidad de Reagan (1981-1989), que se propagaría con Bush padre (1980-1993) y Bush hijo (2001-2009) fortaleció sustancialmente la postura anti-prostitución, y promovió una política conservadora no solo en contra de la prostitución, sino también de la pornografía y la educación sexual. Lo anterior inicia una cruzada moral en la que, reconocidas feministas como, Catharine MacKinnon compara la prostitución con una “violación repetida”; y Kathleen Barry, la define como una esclavitud sexual. Lamas, presenta el ejemplo de las mujeres inmigrantes que, impulsadas por la pobreza y el anhelo de independencia o en su huida de la violencia, acuden a redes organizadas de trafico de personas para salir de sus países y encontrar mejores condiciones de vida, quedando desafortunadamente presas de organizaciones criminales. Lamas plantea que esto no debería llevarnos a generalizar y confundir los conceptos trata humana y prostitución, ya que la prensa suele hacer una representación distorsionada de ambos conceptos que son complejos en sí mismos. El trabajo sexual sigue siendo una actividad que eligen millones de mujeres en el mundo básicamente por su situación económica. De manera que no debemos confundir el trabajo libre con el trabajo forzado. La autora argumenta que, en algunos casos, el trabajo sexual puede ser una opción elegida por lo empoderante y liberador que resulta ganar dinero, mientras que otros casos se reduce a una situación de una precaria sobrevivencia. Por estas razones, cita a Martha Nussbaum, quien propone otra mirada del asunto, al plantear la necesidad de que cuestionemos nuestras creencias en torno a la practica de recibir dinero por el uso del cuerpo y la importancia de hacer una revisión de las opciones y alternativas para las mujeres pobres. Nussbaum aboga por la expansión de los empleos, la legalización del trabajo sexual, la evaluación de las relaciones sociales, las políticas del trabajo sexual y los efectos que producen en hombres y mujeres. En ese sentido, estamos de acuerdo con Lamas y Nussbaum cuando plantean que el Estado debería garantizar seguridad social y empleo para que ninguna persona trabaje coaccionada, amenazada u obligadamente. Además, debemos preguntarnos sobre las circunstancias en que las mujeres en general acceden a una relación sexual. Dejamos sobre la mesa una pregunta muy importante que nos lanza Marta: ¿Qué tan diferente son entre sí las mujeres que se venden abiertamente de aquellas que acceden a distintas formas de intercambio de servicios sexuales por seguridad, por una posición, por regalos o promociones laborales?

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