
Universidad de Puerto Rico en Arecibo
7 de abril de 2026
El artículo de Françoise Thom “Estados Unidos y Rusia: los estragos de la escatología” aborda el tema de cómo los discursos sobre el fín del mundo se han ido propagando hasta alcanzar el poder político en su más alto nivel. La escatología se habría escapado de los lugares de culto religioso y se habría vuelto popular, incluso populista. Ahora, no solo asiste a los comicios electorales para elegir gobiernos, sino que toma turno para hablar y tiene voto en decisiones de política exterior. El fenómeno se observa en teocracias como la República Islámica de Irán, o en Israel, donde el ala fundamentalista tiene un poder decisivo y desproporcionado en el gobierno de Netanyahu, pero también, en la Rusia contemporánea y los Estados Unidos de Trump.
En su artículo, la especialista en relaciones internacionales aborda la escatología en los Estados Unidos, comenzando por el dispensacionalismo. Aunque, como escuela teológica, esta ha disminuido drásticamente en los últimos 50 años, como fuerza cultural y política su influencia es más fuerte que nunca. La descomposición de la doctrina, tan delirante como organizada, en diversas corrientes religiosas hace que, separadas de una fuente común, las sectas se compenetran y chocan. Esto explica en parte la tendencia a la conspiración que distingue al movimiento MAGA. Si bien es cierto que el conspiracionismo ha contribuido a su carácter populista, la división que se ha venido observando al interior del mismo también es una consecuencia de la influencia escatológica. Para entender esta división, Thom discute las diferencias entre los cristianos nacionalistas y los cristianos sionistas.
El caso ruso, por su parte, exigirá revisar las versiones judía y chiita, ya que su influencia escatológica está marcada por el sincretismo que ha venido confeccionando el ideólogo Alexander Dugin. La autora señala que este tropismo escatológico apareció con la crisis del régimen comunista y tomó forma durante los años de Yeltsin. La tendencia se ha afianzado con el gobierno de Putin y alcanza su pico hoy en el contexto de la guerra contra Ucrania. Muy temprano, Dugin comprendió que la escatología podía convertirse en un poderoso instrumento de política exterior. En 2019, escribía: “Estoy convencido de que, con el tiempo, los argumentos espirituales, los análisis escatológicos y las referencias a la tradición sagrada ganarán importancia y significado en todas nuestra sociedades.” La escatología de Dugin no refleja, sin embargo, una experiencia espiritual, sino más bien, la instrumentalización de conceptos destinados a destruir al adversario (los “globalistas liberales” o “el Occidente colectivo”) y a camuflajear ideológicamente los objetivos imperiales de Moscú. Se ha convertido, más que nada, en un arma de guerra contra Occidente. Thom también discute la afinidad de Dugin por los chiitas, el factor escatológico en la desestabilización de Oriente Medio y, finalmente, la conexión entre los escatólogos estadounidenses y los del Kremlin: el tecnomagnate Peter Thiel.
En relación a mi investigación, esta discusión le añade otra dimensión a lo que ya venía haciendo estudiando los imaginarios y las sensibilidades apocalípticas a la luz del éxito que han tenido las series televisivas sobre catástrofes zombis. En ellas, se puede leer una versión del katechon y del retraso de la parusía. También, ofrece pistas para entender las mutaciones en nuestros modos de habitar la dimensión temporal, algo que he estado describiendo como el pasaje que va del presentismo posmoderno propio de los gobiernos tecnocráticos al pasadismo mesiánico que animan las autocracias contemporáneas. Por último, arroja luz sobre las reflexiones que recientemente elaboré en torno al vínculo entre referencias apocalípticas, fatalismo, innarración e historicidad algorítmica en comunidades digitales emergentes, tales como la de los incels y los aceleracionistas de la píldora negra.

