
25 de septiembre de 2025
En el artículo “La historia contada por IA, cómo los algoritmos transforman el pasado”, Laure Coromines aborda las preocupaciones que suscita el recurso a la Inteligencia Artificial en la producción de narrativas históricas y contempla la posibilidad de que estemos entrando en un nuevo régimen de historicidad: la historicidad algorítmica. Aunque no hace referencia directa al concepto de “régimen de historicidad” acuñado por François Hartog, el cual me ha resultado muy pertinente para estudiar las mutaciones ocurridas en nuestros modos de habitar la dimensión temporal, el artículo me pareció estimulante para una reflexión que integra algunas de las observaciones desarrolladas en mi investigación.
Una de las dificultades principales que enfrentamos quienes interpretamos las transformaciones del mundo contemporáneo a partir de lo que se ha denominado como el giro lingüístico, es que la inquietud por el vacío de sentido –o, para retomar los términos que he estado utilizando en mi investigación: la inquietud por el avance de una modalidad a-semántica de la palabra; es decir, por una inoperancia del lenguaje significante – tiende a ser recibida, por algunos, como si se tratara de una nostalgia por la ideología comunicacional que reinaba previo al giro lingüístico: la de la “palabra plena” o la del “sentido único”; en fin, como si se tratara de un llamado a retomar los entendidos (ya deconstruidos por el psicoanálisis y la lingüística posestructuralista) de esa concepción dominante según la cual cada palabra tendría un significado y este podría ser transferido del emisor al receptor sin mayores problemas. Llevaba mucho tiempo encontrando ese obstáculo en la recepción de mis preocupaciones investigativas. Lo que yo señalaba, desde la perspectiva del psicoanálisis y el giro lingüístico, como una mutación sin precedentes, otros académicos lo volvían a colocar dentro de lo contemplado por el giro lingüístico. Puede que se debiera a que, si bien la inflexión posestructuralista generó mucha fascinación en la academia, esta se concentró en una sola de las consideraciones introducidas: el desplazamiento incesante de los significantes. No obstante, la mutación que yo advertía tenía lugar en otro plano igualmente importante: los procesos de significación y lo que Lacan llamó el punto de capitón. Y es que, tanto la significancia como los procesos de significación, son fundamentales para entender la aparición del sujeto y su funcionamiento en el orden social-simbólico. Pero también, para acreditar cuando algo en esas dinámicas empieza a fallar de una manera distinta a lo que ya conocíamos de la psicosis.
En años recientes, sin embargo, el fenómeno que había estado rastreando en los últimos 20 años se ha tornado evidente. Tal vez porque, ya para el 2017, no dependía tanto de que una sociología de la vida cotidiana o una escucha psicoanalítica lo detectara en las interacciones más banales, sino que había devenido el lenguaje oficial de la Casa Blanca. Con el 45o presidente de los Estados Unidos y su secretaria de prensa, las inversiones semánticas, así como el decir todo y su contrario, evadir cualquier pregunta sobre una posible contradicción en lo dicho, negar, tanto la contradicción como lo dicho, mediante la afirmación de lo dicho, no pudo pasar desapercibido. Al principio, llamó más la atención la indiferencia hacia los hechos. De ahí la expresión “hechos alternativos”. Luego, se acuñó el término “posverdad”. Debido al impacto que esta comunicación patológica ha demostrado tener sobre todos los planos de la vida (relacional, cognitiva y política), el fenómeno no ha cesado de recibir atención. No obstante, dos factores hacen que su genealogía siga quedando desatendida: 1) El 47o presidente de los Estados Unidos y su nueva secretaria de prensa no han hecho sino intensificar el grado de patogenicidad que ya se le conocía a esa comunicación desquiciante; 2) Esto ha creado un sentido de urgencia que ha llevado a ceñir el fenómeno al ámbito político o, peor aún, a atribuirle su causa al autoritarismo. Esto ocurre porque la temporalidad de “lo urgente” es siempre presentista; es decir, obliga a permanecer en los planos del aquí y el ahora, convirtiendo el pasado en una referencia irrelevante. De este modo, las diversas expresiones de eso que ahora damos en llamar la posverdad, así como sus múltiples vectores (cultura de la inmediatez, nihilismo, crisis consecutivas, tecnocracia, ruptura del lazo social, economía de la deuda, por solo mencionar algunas) se atienden separadamente, o no se atienden en lo absoluto, pero, en todo caso, se pierde de vista el cuadro de transformaciones y se ignora su genealogía.
En el contexto de las redes sociales, la internet, plataformas con desagües tóxicos que albergan los ingredientes perfectos para la radicalización, los algoritmos, la IA y una antipolítica que ha sabido instrumentalizarlo todo, la deriva autocrática me ofrece una nueva oportunidad para hacerme entender en relación a un diagnóstico de época cuyos indicadores he venido colocando bajo la rúbrica “desinflamiento de lo simbólico”. Con otras expresiones como la “muerte del signo”, la “desaparición del sujeto” (ojo: nada que ver aquí con la manera luhmanniana de “eliminar” al sujeto y solo tratar las interacciones comunicacionales) o la “muerte del pensar”, el diagnóstico ya había sido esbozado por Jean Baudrillard hacia finales de los años 1990 y principio de los 2000. Pero su obra también ha sido objeto de incomprensión. Muchos lo tomaron, o bien por un nostálgico de la modernidad, o bien por un aceleracionista posmoderno, pero menos vieron en él al intérprete de las transformaciones de su época y al pensador con excelente olfato que fue. Su recurso a la anticipación y su osadía de llevar hasta las últimas consecuencias, en el plano de la teoría, lo que apenas se encontraba en estadios incipientes, le pasó factura en el mundo intelectual.
La versión woke del paradigma de la complejidad
Antes de ir sobre las maneras en que la IA acelera la disrupción en curso de nuestra relación con el pasado, quisiera señalar el lugar donde me parece que se produce el glitch que le impide a muchos académicos familiarizados con estas discusiones seguirle la pista a las mutaciones ocurridas en nuestro modo de ser-en-el-lenguaje. A riesgo de simplificación, me atrevería decir que las consideraciones teóricas que introdujo el giro lingüístico (a menudo insertado dentro de lo que se ha conocido también como la teorización posmoderna o “French Theory”) tomaron dos direcciones distintas. Una de ellas desembocó en un culturalismo que solo se enfocó en estudiar las representaciones, los imaginarios y las subjetividades, abandonando el mundo de los objetos técnicos y la naturaleza; esto es, ignorando la dimensión biológica de lo humano, así como también, su carácter tecnológico. Una especie de demonización de “los hechos” en favor de “las interpretaciones” en lugar de adentrarse en la complejidad que hace que diversos registros, siendo distintos y perteneciendo a niveles lógicos distintos, no puedan sino imbricarse para su funcionamiento. Aunque suelen reclamarse herederos del paradigma de la complejidad, terminan promoviendo lo que considero que es la versión epistemológica del wokismo identitario. La otra vertiente reconoció muy temprano la declinación descrita e intentó aclarar que nunca se trató de eliminar los hechos, sino de evitar su naturalización prematura. No se trataba de ignorar la naturaleza o sustituirla con social stuff, sino de rastrear los efectos concretos de transformaciones que, lejos de ser “sociales” en un sentido estrictamente humano, son híbridas (vinculan lo humano y lo no-humano; es decir, conjugan el “social” de las ciencias sociales con la biología, la naturaleza y los objetos técnicos de la ingeniería). Sobre estas advertencias no me he cansado de recomendar el escrito de Bruno Latour “From Matter of Fact to Matter of Concern” (2004) en el que anticipaba los efectos nefastos del conspiracionismo, la posverdad y el nihilismo, preguntándose en qué medida habríamos sido cómplices.
Cuando estudio las interacciones en los ecosistemas más oscuros de internet para entender, ya sea la radicalización, ya sea el nuevo escenario antipolítico, encuentro resonancias con toda una cultura académica regocijada en los significantes eternamente flotantes y la palabrería que nunca aterriza una idea –por eso de que el pensamiento debe “ser débil” o, incluso, coquetear con el “no pensar”; o que la ironía y la provocación serán siempre un vehículo para el cuestionamiento. Gianni Vattimo y Jacques Derrida, por solo mencionar dos grandes pensadores de la posmodernidad, hicieron bien en concentrarse en el “pensamiento débil” o en la deconstrucción ya que, para esas fechas, demasiados discursos y enfoques teóricos con pretensiones de exhaustividad, infalibilidad, sentido único y verdad absoluta se habían instalado en las instituciones. Pero que no hayamos detectado el momento en el que la deconstrucción devino la norma y las ruinas perdieron su potencial emancipador, eso no se lo debemos a estos pensadores, sino al hecho de haber mudado sus aportaciones a una zona de confort. Por supuesto que la ironía y la provocación han demostrado ser excelentes recursos para el pensamiento y la teorización, pero ¿lo siguen siendo hoy cuando ambos, la provocación y la ironía, han devenido el mensaje mismo y ya no el medio para la transmisión? La formulación de Marshall McLuhan “el medio es el mensaje” se ha realizado de manera literal y tecnológica. Recordemos que, con esa frase, McLuhan buscaba subrayar la relación de co-producción que unía el medio con el mensaje. Para nada se trataba entonces de implicar que el mensaje dejara de producirse. La formulación tenía, por lo tanto, un semblante metafórico. La versión literal; es decir, sin metáfora, de esa formulación es uno de los exhibits del desinflamiento de lo simbólico que no ha cesado de expandirse exponencialmente hasta colonizar todos los rincones de la interacción social. Hoy lo vemos claramente en el lenguaje antipolítico de los gobiernos autocráticos y en la subcultura gamer/incel/groyper/cripto de plataformas como 8chan, Reddit, Discord, Rumble o DLive. No obstante, como nos sugiere la referencia a la obra de McLuhan, el fenómeno venía abriéndose camino desde mucho antes. Estimo que la versión woke de la reflexión epistemológica pos-giro lingüístico llevó a descuidar las instancias en las que no se trataba ya del trabajo de la negatividad –algo que el paradigma de la complejidad había contribuido a reconocer con gran acierto –, sino de su modalidad fallida.
Blackpilled
El inexcusable asesinato de Charlie Kirk, uno de los representantes del nacionalismo cristiano de ultraderecha dentro del universo MAGA, fue la ocasión para que algunos quisiéramos explorar más a fondo otro de los territorios en ese mapa: los groypers. Al margen de las motivaciones que pudiera haber tenido el asesino, las inscripciones en las balas llevó a especular sobre su significado político. Aunque la investigación ha ido revelando que el acusado no parece tener vínculos con ese grupo, la especulación inicial convidó a echar un vistazo por esos lugares: callejones digitales cuya contraseña son memes y en los que el chiste, si no es para noquear al interlocutor, solo sirve para comprobar su membresía. No hay nada ahí que esté puesto para ser entendido o descifrado. En esos espacios virtuales grafiteados de ironía, esta no opera como recurso, sino que es el dialecto de la tribu. ¿La comida? una sopa de memes, bromas y señas que puede que formen palabras, pero no para significar algo dentro de un horizonte de sentido. Más bien, para burlar toda estructura semántica y romper las leyes del lenguaje. Para aguijonear, pues, el orden social-simbólico. Debo aclarar que esto no tiene nada que ver con una estructura psíquica psicótica. No se trata de un afuera del lenguaje, sino de algo que todavía cumple una función estructurante. Para entenderlo, resulta esclarecedora la descripción que hace Cy Canterel del carácter nihilista de los groypers, en especial, su ala aceleracionista, los blackpilled, cuya identidad es la entropía.
Los groypers son un movimiento de fuerza juvenil, instalado en internet y asociado a la marca “America First” representada por Nick Fuentes. Desencantados de la humanidad en su totalidad, no ven posible ninguna alternativa a su declive y lo que desean es acelerar su ruina mediante cualquier cosa que contribuya al colapso social. Esto puede ser con actitudes nihilistas que trastoquen aún más las condiciones para la producción de sentidos compartidos, o mediante acciones conducentes a incrementar el caos y la destrucción –por ejemplo, presionando sobre cada fisura social, entiéndase de raza, género, clase o religión, hasta que algo se rompa. En esto consiste su diferencia principal respecto a los nacionalistas cristianos de extrema derecha. Aunque ambos movimientos buscan destruir las instituciones y producir el colapso del orden existente, los nacionalistas cristianos apuestan a su reconstrucción desde sus propios criterios (privilegiando la jerarquía, los roles sociales tradicionales, etc.) con una estrategia institucional (ganando elecciones, pasando leyes, creando juntas para controlar la enseñanza en escuelas y universidades…), mientras que los de la píldora negra no creen en ningún tipo de reforma institucional. Los primeros son anti-establishment hasta que llegan al poder y entonces proceden a la captura del Estado, mientras que los segundos son anti-establishment hasta sus últimas consecuencias y, por lo tanto, abiertamente anti-Estado. Para estos, nos dice Canterel, el ocaso de la humanidad es irreversible: puesto que nada puede ser redimido, el único acto creativo es la negación.
La especialista en teoría de los medios nos entrega un perfil de aquellos que optan por la píldora negra. Provienen de los foros de incels, los chats de gamers, la comedia de los provocadores en línea que buscan impresionar con ideas ofensivas o impensables (edgelord comedy) y el cinismo de la criptoesfera. Por supuesto, no todo el que participa en esos espacios decide “tomar” la píldora. Los aceleracionistas blackpilled son en su mayoría hombres jóvenes que se sienten excluidos del juego del estatus; que constatan que el mundo ya no funciona con reglas y que, en ese sistema amañado, nunca podrán ser los ganadores (en citas con mujeres, admisión a universidades prestigiosas o en la repartición de privilegios). La motivación no es política, sino de estatus. El sentimiento de impotencia se combina con el resentimiento del perdedor por lo que, yo añadiría, la identidad que ofrece el grupo es una identidad negativa: “somos lo que no podemos ser“. Esta referencia al concepto de identidad negativa, elaborado por Mikhail Epstein en el contexto de la guerra rusa contra Ucrania, me parece sumamente pertinente para entender el vínculo entre lo que indica Canterel de que la identidad blackpilled es la entropía y la retórica apocalíptica que caracteriza ambos anti-mundos (el de los blackpilled y el de la Rusia contemporánea).
En su artículo “The Politics of Apocalypse: On the Russian Anti-World” (2023), Epstein explicita las maneras en que la doctrina del “ruski mir” (“el mundo ruso”) ha devenido la referencia para los objetivos expansionistas del Kremlin. Sin embargo, comparado con doctrinas previas –”zarismo ortodoxo”, “Tercera Roma”, “Ortodoxia, autocracia y nacionalidad”; o, luego del 1917, “comunismo”, “lucha de clase”, “internacionalismo proletario” y “revolución mundial” –, el ruski mir se presenta como una idea desprovista de contenido. Rusia se identifica ahora solo con “lo ruso”. La Rusia rusa es una tautología que solo se sostiene con una forma de identidad negativa: Rusia es el “mundo ruso” y el “mundo ruso” es lo que no es Occidente. La peculiaridad de Rusia en el siglo XXI es que se define solo por aquello a lo que se opone y se opone a todo lo que no es ella. Solo así se entiende el espíritu fatalista que permea su existencia: para seguir existiendo, hay que seguir haciéndole la guerra al mundo.
Algo en esa misma forma negativa de “ser en la destrucción” es lo que leo en la descripción que Canterel nos aporta de los blackpilled: puesto que el sistema está amañado y no hay futuro, solo podemos ser en su destrucción. Destrucción simbólica, claro está, no quiero sonar catastrofista, pero no cabe duda que la destrucción de lo simbólico, que es con lo que se teje el lazo social y cuyos hilos actúan también como contención para las pulsiones de muerte, abre a todo tipo de pasaje al acto. Es ahí donde sitúo muchas de las masacres escolares y, probablemente también, el asesinato de Charlie Kirk: en un mundo que cada vez más se acerca al anti-mundo; en una suerte de licenciamiento para el pasaje al acto. Cuando este licenciamiento se combina con una licencia para portar armas, la pulsión se encuentra con el dedo en el gatillo. Que nada aporte distancia entre la pulsión, el arma y el objetivo anula el horizonte en el que se hubiesen podido atisbar las consecuencias. El aplanamiento que anula las distancias es tanto simbólico como temporal pues, borrado el horizonte que aportaba la dimensión del futuro y ninguneada la herencia que aportaba la referencia al pasado, el presentismo sofoca la existencia encerrándola en un solo plano.
Incels
En la serie británica Adolescence, la respiración sofocada de Jamie durante todo el primer episodio, una filmación en secuencia de la hora que transcurre entre que es arrestado en su casa hasta que es interrogado y confrontado con la evidencia, puede que nos de una idea de la calidad del aire que se respira en los foros incels. Los autodenominados “célibes involuntarios” constituyen una de las figuras que componen la manosfera (del inglés manosphere o esfera de los hombres). Son, en su mayoría, jóvenes frustrados por su dificultad para establecer relaciones sentimentales o sexuales con mujeres, a quienes responsabilizan por ello. Misoginia, victimismo y resentimiento son las emisiones tóxicas que aclimatan esta subesfera de la manosfera.
La serie, dirigida por Philip Barantini y escrita por Jack Thorne y Stephen Graham (Netflix, 2025), no solo ha sido merecidamente premiada, sino que ha servido para educar respecto a los peligros que albergan esos apartamentos digitales donde tantos jóvenes vienen a parar después de la escuela, como se visita la casa de un compañero de clase o, en el caso de algunos adultos, a donde se mudan permanentemente, frustrados tal vez por la falta de oportunidades para adquirir una vivienda real. Esto último, por supuesto, como metáfora de un dato que no puede quedar ignorado: por primera vez en la historia de la humanidad, las nuevas generaciones no vivirán mejor que sus padres. Ninguna necesidad, pues, de apoyar muy fuerte la tecla del fatalismo para que se conjuguen los elementos de una frustración generalizada.
En estas líneas no buscaré analizar la serie en su totalidad: debido a las múltiples capas de la problemática que la producción atiende con excelentes matices, exigiría mucho detenimiento. Solo quiero llamar la atención sobre dos aspectos que conectan con reflexiones que he venido desarrollando en torno a la suerte de clima apocalíptico que no cesa de subirle la temperatura al mundo. En el ámbito de la política, es evidente desde hace un tiempo. Lo vemos en la obsesión con caracterizar al mundo occidental como uno decadente. Acompañando esta caracterización, escuchamos promesas sobre daddies, perdón, quise decir mesías que vendrían a repartir fuete, ¡ah, no! perdón, quise decir a salvar a unos y condenar a otros. Si no nos bastó con la elección del 47o presidente de los Estados Unidos, otra “segunda venida de Cristo” acaba de ser anunciada en un estadio de Arizona, a una semana y media del asesinato de Charlie Kirk. Se trata del memorial organizado por sus amigos, la casi totalidad del gabinete de Gobierno. Como lo reseña en su nota titulada “Apocalyptic and Deranged” Mary Trump, la psicóloga que también resulta ser sobrina y crítica opositora de Donald Trump, el servicio fue una combinación perfecta de rally político y concierto, en una especie de “gira de la venganza”. En honor a Charlie Kirk, lo que allí se produjo fue un clima incendiario de retórica violenta y retribución política. Los leales a MAGA, sin embargo, lo sintieron como algo muy espiritual.
El alcance que la temática escatológica ha logrado fuera de las iglesias venía cocinándose desde mucho antes, según se iban formando en el cielo las nubes de la fatalidad y que el viento no soplaba lo suficientemente fuerte para despejarlas. No olvidemos el dato –permítanme repetirlo – de que, por primera vez en la historia de la humanidad, las nuevas generaciones no vivirán mejor que sus padres. Tampoco es insignificante que, en los últimos 15 años, hayamos asistido a tantas epidemias zombi por parte del cine y la televisión. La mayoría de estas producciones mediáticas con excelentes ratings e innumerables temporadas. Que la fatalidad le ganó la carrera al espíritu del progreso, a pesar del impulso que este había tomado en la modernidad, se constata hoy sin ninguna sorpresa. Algo de esto debe haber intuido Baudrillard cuando se detuvo a pensar las “estrategias fatales”. Con el concepto de “líneas de fuga”, los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari habían explorado las fuerzas o procesos capaces de burlar los códigos de funcionamiento de un sistema, produciendo fisuras con potencial político y creativo. Baudrillard, sin embargo, ya no veía que tales líneas de fuga pudiesen sobrevivir a la Realidad Integral: la domesticación inmediata de lo subversivo en un sistema que describió como carnavalesco (por su producción desenfrenada de la diferencia) y caníbal (por la absorción inmediata de ella y su tendencia a la indistinción). Las “estrategias fatales” del sociólogo francés fueron pensadas para estos escenarios. Hoy siguen teniendo, en mi opinión, una gran pertinencia como recurso para la creatividad en sistemas cuyo funcionamiento le han puesto fin al trabajo de la negatividad.
Quisiera entonces, de manera muy somera, establecer el vínculo entre 2 asuntos: 1) el tono doomy específico a los incels (la regla 80/20); y 2) lo que el psicoanalista Charles Melman elaboró en torno a una economía psíquica fundamentada en la perversión.
En la serie, los adultos aparecen desconcertados y absolutamente despistados respecto a las posibles motivaciones de Jamie para asesinar, en plena luz del día, a Katie, una compañera de su escuela. Siete puñaladas que se pueden contar, pues todo ha quedado grabado en una de las cámaras de vigilancia pública. A pesar del esfuerzo que los detectives y otros adultos realizan, genuinamente preocupados por entender cómo este prometedor estudiante, un chico tímido y afable, ha podido protagonizar semejante crimen, los cuatro episodios nos hacen partícipe de la complejidad y, muy sutilmente, van desvelando numerosas pistas. Pistas que resultan ser más sociológicas que policiales. La primera observación en relación a los únicos dos asuntos que voy a abordar tiene que ver con la manera en que la serie renuncia a ofrecer una narrativa clara que explique las motivaciones de Jamie. Sin embargo, no creo que se deba solamente a la genialidad de los creadores (pues con ello evitan que se reduzca el problema a un asunto individual o personal), sino al reconocimiento de que parte del problema es la crisis de la narración. En ese sentido, la elección de rodar cada episodio en un plano secuencia es mucho más que una genialidad por parte del director: es el medio hecho mensaje que dice más de la trama que cualquier guión. He ahí un caso de estrategia fatal a lo Baudrillard y de su alcance creativo.
La crisis de la narración que Walter Benjamin anticipó se expresa hoy de múltiples maneras, pero me interesa detenerme en la regla 80/20. Esta es una de las pistas que se le ofrece al espectador (en la serie nunca se presentan las conclusiones de la investigación) y que apunta a una posible influencia de la retórica incel. Según esta regla comentada por los “célibes involuntarios”, las mujeres solo se interesan en el 20% de los hombres con ciertos rasgos de masculinidad. El 80% restante estaría condenado al rechazo o a la soledad. ¿Cómo se atreven estas mujeres a rechazarnos cuando tenemos tanto que ofrecerles? ¿y por qué se fijan en esos otros que no las merecen? He ahí un fatalismo hecho ecuación. Una vez se posicionen en el 80%, no habría salvación. Y que esta sentencia de “muerte existencial” se declare a temprana edad anula la vida que apenas comienza, haciendo de toda nueva experiencia algo irrelevante: una historia que no viene al caso contar. Puede que 80/20 no sea la historicidad algorítmica que le preocupa a Coromines en su artículo sobre la IA, pero es sin duda un algoritmo que sustituye la subjetividad; que decide, en el lugar del sujeto, el carácter arruinado de su futuro.
Lo segundo que quiero comentar sobre la serie pone en relación el fatalismo con la violencia. Sobre los blackpilled (de quienes ya sabemos que reclutan dentro de los foros incels), Cy Canterel sugiere que el hermetismo de los memes y los chistes, sumado a la ambigüedad que aporta la ironía, desembocan en una suerte de licencia para la crueldad, aunque enmascarada de sofisticación. El único privilegio que se pueden ofrecer es el de entender algo que a los otros se les escapa; es decir, el privilegio de pertenecer a una comunidad que posee un saber que nadie más tiene. Esto coincide con observaciones que he estado arrimando respecto al conspiracionismo y el sadopopulismo, pero ahí lo dejo, por el momento, para volver a la serie.
En el segundo episodio nos enteramos que Katie, la estudiante asesinada por Jamie, había sido avergonzada debido a una foto íntima que circuló en la escuela y que, aprovechando su vulnerabilidad, Jamie había intentado hacerle acercamientos. Esto sin éxito, pues ella lo rechaza públicamente etiquetándolo de “incel”. El tercer episodio nos muestra la última sesión con una psicóloga que evalúa la capacidad de Jamie para entender o asumir responsabilidad por el asesinato de la joven. Allí, por primera vez, desaparece el niño con aire de inocencia que la serie venía mostrándonos y aparece la rabia, el resentimiento, una actitud de superioridad y una violencia con tintes misóginos. Que la psicóloga sea una mujer no es, en este episodio, un dato anodino. Presenciamos así la olla que seguramente hirvió su pasaje al acto. Meses más tarde (cuarto episodio), en una llamada telefónica, Jamie le informa a su familia que asumirá la responsabilidad: “creo que me voy a declarar culpable”, les dice. En ese trayecto, la sesión con la psicóloga, así como el proceso de transferencia que ahí tiene lugar, no deberían ser minimizados. Subrayo esto porque he visto académicos comentar la serie, pero solo para continuar sus críticas a las instituciones (penales, carcelarias, policiales) y para criticar también el rol del psicólogo que trabaja para estas instituciones. Aunque en otros escenarios esas críticas puedan ser muy atinadas, en el contexto de esta serie, simple y sencillamente, pierden la marca. Al imponerle sus lentes, se sitúan del lado de los adultos despistados con los que empieza la serie. No obstante, a diferencia de estos últimos que sí se ven forzados a desplazar la mirada y explorar sus puntos ciegos, aquellos otros no se han movido ni un ápice de su zona de confort.
La violencia asociada a la retórica incel es una que funciona dentro de la economía psíquica de la perversión. Si el objeto no está disponible para agarrarlo sin mediaciones simbólicas, tiene que ser que está defectuoso. La prédica misógina les permite constatar el defecto de las mujeres y con ello validar su superioridad frente a ellas. De este modo, aunque no las posean, situarse en el 80% sigue aportándoles un privilegio. El error de Jamie fue pensar que Katie, en su estado “devaluado”, no lo rechazaría. Así se arriesga a violar la regla del 80/20; es decir, a salirse del algoritmo. Ante el rechazo, sin embargo, y siguiendo esa lógica sin mediaciones simbólicas, el psiquismo frágilmente configurado por ese burdo algoritmo colapsa.
Gamers
En su libro La nueva economía psíquica (2009), Charles Melman profundiza los planteamientos previamente esbozados en una serie de entrevistas con Jean-Pierre Lebrun. Estas habían sido publicadas en el 2002 bajo el título El hombre sin gravedad: gozar a cualquier precio. La nueva economía psíquica a la que se refiere el psicoanalista avanza en el terreno de una carencia de identificaciones simbólicas y se fundamenta en la perversión. Debo subrayar que no se trata de una estructura psíquica perversa. Tampoco se trata de una categoría diagnóstica en el sentido clínico. Con la expresión “nueva economía psíquica fundamentada en la perversión”, Melman da cuenta de unas mutaciones ocurridas respecto a la categoría “sujeto”. Haberlas identificado es lo que lo lleva a formular la siguiente hipótesis: estamos frente a un sujeto sin inconsciente, o bien, frente a un inconsciente sin sujeto. Puesto que con esta reflexión solo busco poner en relación algunos asuntos que forman parte del mismo cuadro de transformaciones, no voy a desarrollar aquí todo el alcance de su trabajo. Solo voy a servirme de lo que me permite conectar con los gamers.
Las observaciones de Melman en esos dos libros apuntan a una libre circulación del goce; o, puesto de otra manera, a una libre disposición del objeto que ahora puede ser tomado directamente; esto es, sin que medien las sustituciones simbólicas a las que solían obligar las prohibiciones (o las limitaciones) provenientes del orden cultural y social. Si el pasaje al acto no ha entrado en caída libre es que otras formas menos simbólicas del lazo social han ido apareciendo. Melman ya señalaba las redes sociales y la internet como lugares desde donde se estaban conformando los nuevos vínculos artificiales. Desde esta perspectiva, se puede entender mejor el hecho de que, a pesar de la fragilidad de los hilos con los que las llamadas “comunidades digitales” (como la de los blackpilled o la de los incels) tejen sus vínculos (nihilismo, identidades negativas, resentimiento destructivo), todavía quepa hablar de “comunidades”.
Para los de la píldora negra, se trata de restituir un sistema que les permita retomar el juego del estatus. En lugar del dialogicismo en el que alguien se dirige a otro con un mensaje que aspira a ser recibido, recurren a un monologismo. En este, el mensaje tiene la forma de un enigma, pero no está puesto para ser descifrado ni se dirige a alguien en particular. Funciona a medio camino entre “if you know, you know” y “que lo capte quién pueda”. Mediante la construcción de un sistema hecho de ironía, provocaciones, cinismo, humor absurdo y chistes ilógicos, logran borrar las huellas que aportarían sentido. Con esto adquieren un aire de superioridad o sofisticación respecto al resto del mundo, mientras que, al interior del grupo, rehabilitan el sentido de pertenencia. Las marcas para posicionarse provenientes del “mundo decadente” o del “sistema amañado” que los condena a la posición de perdedor, no serán ya aceptadas, sino que serán deliberadamente desplazadas, borradas o mofadas. Aunque en ese nuevo espacio tampoco pueden ganar, al menos controlan la entrada y el privilegio de membresía.
En el caso de los gamers, el nuevo orden artificial les viene construido por las reglas y los códigos de los videojuegos. Estos tienen la ventaja de que siempre funcionan como se espera. Se trata, pues, de un sistema en el que nadie puede hacer trampa. El que tantos jóvenes hayan decidido mudarse a la realidad alternativa de los videojuegos puede ser visto como un refugio que aporta los límites, el orden y los criterios para ganar o perder. Dicho de manera simple: se trata de un mundo en el que reaparece la posibilidad de jugar un juego limpio y en el que, a falta de dejar huellas, dejan marcas.
Historicidad algorítmica
La historia no se repite, pero rima.
Mark Twain
El artículo de Laure Coromines que inspiró toda esta reflexión tiene el mérito de formular, muy tempranamente, preocupaciones que no tardarán en ocupar otras tantas páginas en periódicos y libros. La autora no hace acuse de las maneras en que el giro lingüístico forzó a repensar la historiografía –de ahí mi primera digresión respecto a las complejidades que introdujo toda la teorización sobre el lenguaje y su función estructurante – pero, aparte de obligarme a refrasear el título, eso no le resta nada a la importancia de la temática: “La historia contada por IA, cómo los algoritmos transforman el pasado”. Yo hubiese escrito “cómo los algoritmos transforman nuestras narrativas sobre el pasado”. Pues el problema con la IA como recurso para narrar la historia no radica en que transforme el pasado. El carácter narrativo de todo conocimiento sobre el pasado implica ya su transformación. Incluso, implica una reconstrucción. El verdadero reto que hoy enfrenta la historiografía respecto a la IA es que profundiza aún más la crisis de la narración.
Por un lado, a propósito de la avalancha de vídeos hechos con IA en torno a eventos históricos, el experto en procesos cognitivos citado en el artículo, Jean-Michel Truong, refiere: “esos vídeos no narran nada, solo producen una sucesión de viñetas. Crean una ilusión de sentido, pero no relacionan nada con nada. No efectúan ningún entrecruzamiento ni permiten hacer una puesta en contexto.” Por otro lado, comparándolo con el uso (y abuso) de referencias históricas que hacen los videojuegos (a menudo ambientados completamente en períodos históricos), el cineasta Laurent Courau comenta: “A diferencia de los vídeojuegos que se ofrecen como entretenimiento y cuya diversión se fundamenta en hechos históricos romantizados, el posicionamiento de estos otros vídeos es deliberadamente más ambiguo. Las plataformas concebidas para el entretenimiento y la diversión imponen unas dinámicas narrativas absolutamente desenfrenadas, ideadas para mantener la atención del espectador dentro de una explosión de luces y sonidos. Ese modelo no deja lugar para un verdadero desarrollo de la narrativa, ni para la transmisión de conocimientos”.
De la entrega que hace la periodista, formulo la siguiente observación. Allí donde el presentismo como régimen de historicidad imponía el ninguneo del pasado, el nuevo régimen de historicidad algorítmico nos atesta de pasado. Para ponerlo en el contexto de la deriva autocrática y la estrategia del caos a la que a menudo recurre, podríamos decir también que la historicidad algorítmica “inunda la zona”. Nos bombardea con referencias históricas, pero se trata de un pasado mal narrado o, simplemente, no-narrado. Tal vez debería acuñar ese término: “innarración”. Podríamos incluso explorar los vínculos entre innarración, a-dicción y videojuegos. Como señala Melman, la economía psíquica fundamentada en la perversión produce la gravitación en torno a un goce común permitido. Eso sería, claro está, otro proyecto de investigación. Por el momento, tenemos suficiente trabajo con seguirle la pista a esa producción desenfrenada de vídeos con contenidos históricos creados por IA, y vincularlo a los nuevos usos que hacen del pasado las autocracias y los populismos contemporáneos. Cuando se ha tomado nota de los estudios que explican por qué y cómo la IA tiende a alucinar, muchas otras cosas empiezan a hacer sentido.
Uno de los reproches que Walter Benjamin le dirigió a sus contemporáneos en el campo de la arquitectura y el arte, en especial al Bauhaus con su uso del acero, fue: “han creado espacios en los que resulta difícil dejar huellas.” ¡Imagínense que alguien le hubiera dicho al autor de “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” que algún día íbamos a tener que vérnosla con la IA! Ojalá que la historia pare de rimar.
Referencias
Laure Coromines, “L’histoire racontée par l’IA, comment les algorithmes transforment le passé”, Le Monde, le 14 septembre 2025.
Karen Entrialgo, “Del ‘I’d prefer not to’ al ‘whatever'”, 2016.
https://www.80grados.net/del-id-prefer-not-to-al-whatever/
Bruno Latour, “Why Has Critique Run out of Steam? From Matter of Fact to Matter of Concern”, 2004.
Click to access 89-CRITICAL-INQUIRY-GB.pdf
Cy Canterel, “Blackpill Aesthetics: A Crash Course in Meme Extremism”.
Mikhail Epstein,“The Politics of Apocalypse: On the Russian Anti-World”, 2023.
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