
Departamento de Sociología y Antropología, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras
16 de marzo de 2025
¿Qué es una decisión y quien decide? Esta es una pregunta importante en el tema de la migración porque nos permite caer en cuenta de que, a veces, aquello que se piensa son decisiones personales de la gente es también provocado por fuerzas sistémicas y estructurales. Tendemos a pensar que la migración es una decisión que remite a personas que salen de su país de origen buscando mejores oportunidades de vida, una vida mejor para sus hijos o una mejor calidad de vida, y esto es parcialmente cierto.
Sin embargo, el fenómeno migratorio es también la expresión de la violencia de la economía, la violencia de las guerras, la violencia política. Los flujos migratorios se componen de poblaciones sobrantes (de todas las ocupaciones) que no consiguen trabajo en sus países de origen, de refugiados de países en guerra, de disidentes de regímenes políticos autoritarios. Es decir, el fenómeno migratorio responde a fuerzas que desbordan los sujetos. Y aunque esto es de todos conocido, aún así nos empeñamos en depositar la responsabilidad del llamado problema migratorio en las personas en su carácter singular.
Y sin embargo, al decir del sociológo Philippe Schaffhauser, “el problema no es un tipo de movilidad llamada ‘migraciones’ sino la organización capitalista de estas”, una que se ha ido transformando en el tiempo y en su imbricación con otros rostros del capitalismo actual (capitalismo cognitivo, capitalismo de la vigilancia, etc.). En su trayecto evolutivo, el sistema capitalista empujó a muchos trabajadores a desplazarse a los centros urbanos dentro de un mismo país y luego a otros territorios y países más ricos en aras de suplir una mano de obra semi esclava para la sobreganancia del capital. Se dice que, para el 2023, los inmigrantes en Estados Unidos componían el 18.5% de la fuerza laboral. Para muchos economistas, el golpe económico que provocaría la deportación masiva en diversidad de sectores de capital es un asunto contundente y uno del cual todos nos veremos afectados. Paradojalmente, este reconocimiento parece colocarse en abierto conflicto con la adopción de una suerte de nacionalismo económico (inviable a mi modo de ver), que politiza cada vez más el tema de la emigración instigando los imaginarios racistas y xenofóbicos de una población blanca americana crecientemente amenazada frente a su progresivo declive demográfico. ¡La dimensión clasista, discriminatoria y cínica del nacionalismo económico de Trump se expresa en un proyecto de deportación masiva acompañado ahora del ofrecimiento de una “visa” gold a un precio de $5 millones para los ricos del mundo en interés de comprarla!
Hace ya un tiempo que la creciente criminalización de la figura del sujeto migrante se ha trabajado desde el concepto de crimmigración, acuñado por la jurista Juliet Stumpf. El concepto apunta a una creciente fusión del derecho migratorio y el derecho penal. Los antecedentes penales se han convertido en una justificación para la deportación, las agencias de gobierno fungen también como policías de inmigración y los centros de detención son operados por compañías vinculadas al negocio de las cárceles.
La criminalización de los inmigrantes se intensifica abonando a un imaginario en el que las poblaciones migrantes se representan como criminales e indeseables. De hecho, el trayecto evolutivo del derecho migratorio es muy similar al del derecho penal. Según como, desde el discurso de la peligrosidad, la ciencia penal pasa de la centralidad del crimen a la centralidad del sujeto criminal, así también el derecho migratorio pasa de la centralidad de la migración a la centralidad de la figura del sujeto migrante. La histórica criminalización de los sectores empobrecidos encuentra, tristemente, en la figura del sujeto migrante una nueva punta de lanza.

