
Departamento de Sociología y Antropología, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras
31 de enero de 2025
Fue el filósofo italiano Giorgio Agamben quien hace un tiempo planteó que las formas excepcionales de estado se han ido convirtiendo en la norma. Llamamos formas excepcionales de estado o estados de excepción a aquellos gobiernos que dejan de regirse por el estado de derecho y comienzan a operar al margen de la ley. Es decir, el estado se desplaza del ámbito de la legalidad al ámbito de la ilegalidad con permiso de la ley misma. Cabe destacar que hay estado de derecho solo cuando el gobierno es capaz de supeditarse a sus propias leyes.
Una de las formas en que operan los estados de excepción es a través del uso extensivo de órdenes ejecutivas. Las órdenes ejecutivas son disposiciones tipo decreto que no son avaladas democráticamente ni por los cuerpos deliberativos del gobierno y mucho menos por sus constituyentes. Esto es, la sociedad en su conjunto.
La avalancha de órdenes ejecutivas dadas a conocer durante la primera semana de gobierno del presidente Donald Trump aparece como una embestida política de claro corte autoritario y antidemocrático cuya intención, como ha sido ya señalado por algunos en las redes sociales, es propiciar un estado generalizado de desconcierto, de aturdimiento, temor y desasociego que impida a la personas reconocer que enfocarnos es la mejor manera de resistir. (Ver “Wise and important words from sociologist…”)
Dijo el filósofo francés Jean Braudrillard que, a un desafío se responde con un desafío mayor. Es evidente que esta embestida autoritaria va encontrando y seguirá encontrando sus resistencias. Algunas de estas resistencias se librarán al interior de lo jurírico mismo, tramitándose como una suerte de lucha intraestado, entre lo que queda del estado de derecho contra su lado opuesto (el estado de excepción). Como sabemos, ya hay un juez federal que bloqueó la congelación de fondos federales decretada a través de una de estas órdenes. Hay también luchas intrapartido como se hace evidente en el hecho de que no todos los republicanos están endosando las ejecutorias de Trump, luchas entre los estados y el nivel federal y habrán también muchas resistencias que se librarán en las instituciones y en la calle por parte de todos los sectores afectados y aliados (los que lo saben ya y los aún no lo saben).
En la medida en que muchas de éstas órdenes se representan como una manera de deshacerse de poblaciones tildadas de “indeseables”, “peligrosas”, “inmorales”, “ingobernables”, etc. los estados de excepción operan también alimentándose y alimentando la polarización social y los imaginarios y subjetivaciones clasistas, racistas, sexistas y zenofóbicos (para estos, los inmigrantes son todos criminales, comen gatos y perros, el género es una ideología perniciosa, los profesores somos los enemigos, las mujeres solteras son un peligro dentro del gobierno…etc.). Dicha polarización social anima las fuerzas del extremismo blanco en Estados Unidos y de todos los extremismos étnicos.
En uno de sus textos más elogiados, titulado La vida desnuda, Giorgio Agamben plantea que hemos sido inducidos a pensar que el otro lado de la democracia es el totalitarismo, pero indica que la relación entre totalitarismo y democracia no es una que pueda explicarse por la lógica de los opuestos, sino que democracia y totalitarismo aparecen como cuartos contiguos, uno al lado del otro. Este es el paradigma de la modernidad que, según Agamben, tendremos que aprender a reconocer. Quiero poner mi apuesta en la posibilidad de que seamos capaces de identificar las señales en el menor tiempo posible.

