
Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras
8 de marzo de 2024
Si aspiramos a un mundo en el que la convivencia solidaria pueda sustituir la violencia que cargan los comportamientos machistas, tenemos que apostar a la educación de la niñez desde su más temprana edad como punto de partida para contener esa violencia.
Distintos movimientos sociales, principalmente los feminismos, se han esforzado en comunicar la urgencia de instaurar una educación para combatir la violencia desde una perspectiva de género. Sin embargo, desde ese espacio íntimo que es la práctica clínica a la que me dedico, escucho muchas personas a las que el apellido “perspectiva de género” les produce miedo, confusión y rechazo. Algunos la interpretan como una educación en la que todo está permitido, en la que no hay reglas y una que puede confundir a la niñez temprana y a los jóvenes en sus respectivas identidades. El miedo, la confusión y el rechazo a priori son, desde mi perspectiva, síntomas de que es necesario seguir conversando ampliamente esta propuesta pues el temor de algunos parece tener que ver con que la misma nos enfrenta justamente con la educación machista que nos ha formado a todos.
El psicoanalista inglés Donald Winnicott, dejó un legado teórico cuyos supuestos, al día de hoy, expresan la pertinencia de la educación como instrumento central para enfrentar la violencia. Para Winnicott, el entorno del hogar y el entorno educativo son espacios que nutren la psiquis de niñas y niños y deben propiciar el que éstos puedan asumir responsabilidad por sus sentimientos, ideas y acciones. El entorno educativo debe constituirse en punto de partida y en facilitador progresivo para que los niños/as puedan aprender a vivir consigo mismos y en solidaridad con otros. Este reconoció que la educación debe incluir un continuo alertar en torno a cómo la carga inconsciente de nuestro psiquismo incluye una lucha contra la pulsión de muerte y su tendencia a la desunión y a la violencia.
Educar contra la violencia machista es sembrar una activa y continúa inquietud de autoreflexión en torno a actitudes y comportamientos que se derivan del paradigma machista. Conductas violentas tales como el imaginarnos superiores frente a otros, la exclusión o devaluación de las diferencias humanas y la agresión física o psicológica al otro dominan la vida social y psíquica. Cuando un/a niño/a es nutrido tanto en su hogar como en la escuela, de acuerdo a su nivel de desarrollo psíquico y desde la equidad, aprende a reconocer y a lidiar con las cargas violentas y con las tensiones que todos tenemos que librar en la dirección del autocontrol y el control de la violencia.
A través de la educación aprendemos a reconocer la violencia a que todos estamos expuestos y a la vez somos capaces de reproducir. La educación contra la violencia machista permitiría, por ejemplo, aproximarnos a la base de los celos en las relaciones amorosas (el peso de las mismas en nuestra existencia) y las estrategias que todos tenemos que desarrollar para poder superarlos. La educación contra la violencia machista ofrecería a la razón y a los afectos herramientas para identificar comportamientos que hemos reconocido ya como inaceptables. Sobretodo promovería el reconocer que existe un espacio propio y otro ajeno, y que esta demarcación no se puede ni entrar ni intentar controlar.
La educación supone un proceso gradual de aprendizaje de ideas y conceptos continuamente actualizados en aras de adecuarlos al mundo que nos ha tocado vivir y esta actualización constante de conocimientos con el insumo de todos, es la clave para promover un lazo social que descanse en la valoración de la equidad y la solidaridad.

