
Departamento de Sociología y Antropología, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras
15 de febrero de 2024
“Cuanto control y cuanto amor tiene que haber en una casa…mucho control y mucho amor para enfrentar a la desgracia…” Esta vieja canción de Rubén Blades parece comunicar que se requiere de una gran disposición amorosa y de una gran disposición al autocontrol a la hora de lidiar con los grandes desafíos y problemas confrontados por las familias y parejas contemporáneas. Amor y (auto)control en esta canción se proponen como aquello que, frente a un conflicto X, nos contendría de no “caerle encima a alguien” o bien de no activar el resorte de la violencia.
Y, sin embargo, el incremento en la violencia de género demanda de nosotros el que nos preguntemos, ¿qué es lo que la gente entiende por amor en esos casos? pues parece ser algo muy distinto de lo que sugiere la canción de Blades.
En su libro La revolución de la vida cotidiana, la filósofa húngara Agnes Heller plantea que, dentro de las sociedades modernas, el amor se vive como apropiación. Es decir, desde subjetivaciones enteramente saturadas de imaginarios de propiedad privada. En el trayecto evolutivo de la modernidad, este imaginario de lo que es el amor nos ha subjetivado a todos. Como sabemos, hay gente que entiende (y no siempre de manera consciente) que amar a alguien es apropiarse de esa persona, controlarla de manera absoluta. Aquí la palabra control cobra otro sentido. Es impedir el ejercicio pleno de la libertad y autonomía de una otra o de un otro.
Casi todos los casos extremos de violencia de género envuelven parejas que se separan, una de las personas intenta resumir su vida y la otra no dispone de los instrumentos afectivos y sociales necesarios para asumir ese evento desde otros referentes que no sean los de la violencia. De este drama personal y social todos somos responsables en la medida en que sigamos reproduciendo y promoviendo una concepción del amor que es, para todos los efectos, un subterfugio de las relaciones de dominación / subordinación imperante.
Cuando el imaginario del amor moderno se tramita junto a concepciones de género rígidamente establecidas y vividas, el sentido de apropiación se intensifica potenciando de esta manera la posibilidad de la violencia. Sobre esto están de acuerdo hasta los teóricos de la física cuántica, quienes han señalado que las sociedades complejas requieren de acoplamientos laxos porque los acoplamientos rígidos hacen colapsar los sistemas. Un ejemplo de acoplamientos rígidos en la relación de pareja es querer controlar hasta la minucia todos los movimientos de la otra persona.
Este problema no se va a resolver con más leyes o más castigo, los cuales siempre suponen una intervención posterior a lo que constituye el problema de fondo. La educación es el único dispositivo del cual podemos echar mano porque, a amar también se aprende, por lo que es posible promover otras lecturas del fenómeno amoroso.
Se me ocurre pensar, parafraseando al filósofo español, Fernando Savater, que la mejor manera de relacionarnos amorosamente con un otro es considerando a ese otro (u otra) como igual a mí y como distinto de mí al mismo tiempo. Tenemos que abrazarnos a la complejidad de esta aseveración porque, como es planteado por la propia física cuántica, solo en condiciones de alta complejidad surge la libertad. Hoy, cuando muchos celebran el Día de San Valentín, les adelanto mi propuesta de reflexión de cara al próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

