
Universidad de Puerto Rico en Arecibo
2 de noviembre de 2023
Previo al ataque de Hamás a Israel y del nuevo foco de guerra en Gaza, había estado estudiando la corrupción política del lenguaje en tanto instrumentalización que hacían líderes populistas y autócratas de una de las características de lo contemporáneo: la inoperancia del lenguaje significante. Este rasgo de época no debe ser confundido con lo elaborado por el psicoanálisis lacaniano en torno a la fuga del sentido. Pues que el sentido siempre se fugue es una cosa, pero que sea cada vez más difícil, cuando no imposible, sostener la ilusión de sentido es otra. Conspiracionismo, posverdad, polarización del debate político, empobrecimiento de la cultura del diálogo, narración fragmentada o ausente, relativismo y escepticismo extremos son solo algunos indicadores. Si la teorización posmoderna consideró pertinente denunciar la violencia del lenguaje significante (debido a la tendencia, sobre todo moderna, de retener los procesos de significación atribuyéndole a los significados un carácter normativo), mi interés ha estado en advertir de una violencia mayor: la del fin de la significación. En el estudio de la relación entre lenguaje y política, me parecía oportuno hablar de “corrupción del lenguaje” para subrayar el carácter deliberado de esa neutralización del sentido. La manera en que Putin desvirtúa el significado histórico y ampliamente compartido de la palabra “nazismo” para referirse con ella a todo lo que se opone a sus intereses constituye un caso paradigmático. Puesto que es a través de la palabra que nuestro medio cultural produce sentido, corromper el lenguaje es fracturar los consensos alcanzados e impedir que se formen nuevos. De ahí que los totalitarismos hayan siempre echado mano de la palabra: socavando su potencial para construir lo común, resquebrajan al mismo tiempo el zócalo de la civilización desinhibiendo acciones que llevan a la destrucción y a la deshumanización. Hasta el presente, había circunscrito la ilustración del fenómeno a las operaciones discursivas de líderes del populismo o autócratas contemporáneos. No obstante, las protestas en defensa de la causa palestina que se han estado observando a través del mundo y en muchas universidades estadounidenses sugieren que ha habido una suerte de contagio. Aquí, la corrupción del lenguaje consiste en confundir el terrorismo con la resistencia.
En su libro Terrorisme/résistence. D’une confusion lexicale à l’époque des sociétés de masse (Le bord de l’eau, 2014), Gérard Rabinovitch se interesa en esa confusión y analiza tanto sus orígenes como sus efectos. El trabajo investigativo del autor se sitúa entre la filosofía política, la historia y la antropología freudiana. Rabinovitch sostiene que confundir terrorismo y resistencia es a la vez el vector y la consecuencia de una carencia ética que le retira la humanidad a lo humano. Mientras que la resistencia solicita procesos de solidaridad, incluso en sus adversarios, el terrorismo inventa procedimientos de muerte, incluso contra los suyos. Se trata de dos modalidades distintas de combate cuya confusión pervierte el espíritu de la resistencia. Es decir que, a través de la inclusión asimilatoria de prácticas terroristas, la práctica ética de la resistencia queda descalificada. Se trata, pues, de una anomia léxica que le arranca a la civilización el derecho a la resistencia al tiempo que le desprende a ese derecho su carácter civilizacional.
Respecto a la relación con la violencia, Rabinovitch plantea que mientras que en la resistencia hay un consentimiento a ella solo si es inevitable, en el terrorismo se opera la heroización de la violencia por sí misma, incluso de la muerte, en función de ideales con los que se busca obtener gloria. Omnipotencia y destructividad constituyen los atributos flagrantes del terrorismo. Una observación importante que hace el filósofo es la porosidad entre grupos terroristas y una diversidad de mafias o redes de traficantes que se imitan en violencia y se interpenetran en intereses. Se juntan, pues, la intimidación, las promociones internas acordadas en base a la aptitud para llevar a cabo actos de violencia extrema, la cosificación de las víctimas designadas, cuando no se trate simplemente de víctimas indiscriminadas. El desprecio por la vida es el mismo ya sea que se trate de civiles, de adversarios o de ellos mismos. He ahí otra expresión totalitaria del terrorismo. En la resistencia, por el contrario, los medios para alcanzar los fines están limitados por unas consideraciones éticas que buscan salvaguardar la humanidad. El fin de la resistencia es oponerse a la tiranía (en la forma que tenga; opresión u ocupación). Por esa razón, no puede permitirse todo. Uno de los rasgos más importantes que destaca Rabinovitch de la resistencia es que solidariza individualidades en un vínculo social poco explorado: la sociedad ética.
Los efectos de la confusión entre terrorismo y resistencia son desastrosos para las condiciones de posibilidad de la autonomía y la libertad. Según va quedando elaborado en su libro, el lenguaje como orden propio de lo humano se inscribe en lo real y lo transforma. Constituye uno de los lugares de amarre entre subjetividad y colectividad. Actúa como un operador. Determina los modos de comprensión del mundo en la medida en que el mundo está organizado por las posibilidades del lenguaje. No solamente se trata de que el pensamiento se exprese a través de las palabras, sino que es a través de ellas que el pensamiento adviene a la existencia. Confundir terrorismo y resistencia, concluye Rabinovitch, participa de una anomia léxica general que destruye la capacidad de pensar, condición fundamental de la autonomía y la libertad. Suficiente ironía cuando tomamos en cuenta que lo que se reclama en las protestas es la liberación de un pueblo.

