
Universidad de Puerto Rico en Arecibo
14 de septiembre de 2023
Una de las tesis que exploro en mi investigación con el Instituto es la que sostiene que asistimos a una mutación sin precedentes en nuestra relación con el tiempo. Para utilizar el término elaborado por el historiador francés François Hartog, asistiríamos a un nuevo régimen de historicidad. El colapso de la dimensión temporal que nos permitía referirnos al pasado y al futuro desde un lugar de enunciación le habría puesto fin a la historia. Pero esto, no en el sentido historicista que Francis Fukuyama acuñó (y que además hoy se revela equivocado), sino en un sentido que sugiere que lo que ha desaparecido es precisamente el sentido. Jean Baudrillard es quien mejor ha rastreado esta mutación. Mi trabajo ha consistido en seguirle la pista al fenómeno señalando sus modos de expresión, colocándolo en el marco de un desinflamiento de lo simbólico en tanto diagnóstico de época y advirtiendo sus consecuencias. Uno de los modos de expresión de la condición poshistórica es la posverdad. Una de sus consecuencias: el fin de la responsabilidad. Y el exhibit en el que ambas cosas se conjugan de la manera más perversa y contundente es la guerra de Putin.
Dos hechos recientes ilustran la declinación que adopta el revisionismo histórico en el contexto de la posverdad. A partir de este mes de septiembre los maestros de escuela superior en Rusia deberán enseñar, única y obligatoriamente, un nuevo libro de historia que, como reseña la periodista Pilar Bonet desde el título de su artículo en El País, se trata de “Un manual de historia a la medida de Vladímir Putin”. En este esfuerzo monumental para elevar la propaganda al rango de libro de texto, se presenta la desintegración de la URSS como “la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”. La salida de las tropas soviéticas de Europa a partir del 1989 se considera “una decisión muy irreflexiva” que socavó la influencia soviética y “propició la aparición de estados de ánimo nacionalistas y antisoviéticos”. La Revolución húngara de 1956 aparece descrita como una revuelta fascista organizada por Occidente. Este martes, sin embargo, en respuesta a una pregunta en torno a si la Unión Soviética actuó como un poder colonial cuando envió sus tanques a Budapest y a Praga para aplastar las protestas democráticas, Putin sorprendió con una respuesta que desenfocaba toda su reescritura de la historia. “This aspect of Soviet Union policy was wrong and only fuelled tensions”, contestó Putin durante su participación en un panel del Eastern Economic Forum en Vladivostok, según reseña el artículo del Financial Times. “It is not right to do anything in foreign policy that is in direct conflict with the interests of other nations”, recalcó.
Si su manual de historia funciona dentro de los parámetros conocidos del revisionismo histórico típico de los totalitarismos del siglo XX, estas declaraciones que contradicen su narrativa en plena guerra contra Ucrania sugieren una inflexión del revisionismo histórico que solo podemos cargársela a la cuenta de la posverdad. Aunque luce que su respuesta buscaba extenderle una rama de olivo a los países de Europa Central y del Este en los que algunos líderes políticos aún profesan simpatías con el régimen ruso (especialmente en Eslovaquia que llevará a cabo elecciones este 30 de septiembre), coincido con la observación que hace el psicólogo político y director del Political Capital Institute, Péter Krekó, cuando dice: “This sort of ambivalence, calling 1956 fascist while saying it was a mistake to crush it, is a feature, not a bug… If everything and the opposite is said, you can do anything because what you said can’t be held against you”. En esto consiste el parloteo que he estado estudiando en tanto indicador de una inoperancia del lenguaje significante. Cuando el mismo es instrumentalizado por líderes políticos para fragilizar el orden simbólico y volver la palabra a-semántica, entramos en el campo de la antipolítica. Mientras que el revisionismo histórico moderno podía ser interrogado, cuestionado, discutido y debatido en el orden de la palabra, el revisionismo histórico en la posverdad desplaza constantemente el sentido, desdibuja continuamente los lugares de enunciación y destruye las condiciones de la comunicación. Pone, pues, a dar vueltas en círculo todo intento de análisis, conceptualización o discusión. Esto explica en parte la primacía de lo emocional en la cultura política contemporánea y el empobrecimiento de la cultura del debate.
Lo anterior no quiere decir que el revisionismo histórico haya dejado de ser empleado en su forma moderna o que no cumpla el propósito de adoctrinamiento que cumplió en el pasado. Simplemente, se ha tocado la cola y ahora elude permanentemente la oposición pues se permite la confusión con ella. Esto constituye una nueva dimensión del problema que, sin abandonar la referencia a los totalitarismos del siglo XX, debemos seguir descifrando.
Referencias:
“Un manual de historia a la medida de Vladímir Putin”, Pilar Bonet, El País, 14 de agosto de 2023.

