
23 de febrero de 2026
La comentarista y escritora de perfil conservador, Allie Beth Stuckey , publicó en el año 2024 un libro con un título provocador, Toxic Empathy: How Progressives Exploit Christian Compassion. Su ataque a la empatía se centra en una premisa: liberales y progresistas recurren a las emociones para obtener el apoyo a sus causas—“love is love”, “no human is illegal”– cuando en realidad solo defienden una ideología y unos valores contrarios al cristianismo. En su argumento, la empatía es tóxica si no responde a las definiciones de amor, bondad y justicia bíblicas. Por ejemplo, los progresistas que defienden el aborto como un asunto de salud—“abortion is healthcare”—niegan el otro lado de la ecuación: el asesinato del no nacido.
Siguiendo esa premisa, podría decirse que otras causas liberales corren la misma suerte. Aunque la eliminación de ayudas alimentarias a madres solteras, la suspensión de tratamientos para enfermedades en niños y los recortes al presupuesto para vacunas afectará negativamente a quienes estamos llamados a cuidar y proteger, la prioridad es detener el impulso woke y redirigir el esfuerzo a líderes y organizaciones que exponen criterios y valores cristianos. No merecen la empatía los que no honran el matrimonio, las que no paren, la comunidad LGBTQ, transexuales, comunistas y criminales.
En cambio, son merecedores de la empatía los buenos, los que tienen la razón, a Dios de su parte, como recién argumentara la mano siniestra de la Casa Blanca, Stephen Miller. Contrario a su defensa de un postulado que incide en muchas de las políticas en torno al bienestar social, no hay nada inmoral en las ayudas destinadas a proteger a los más vulnerables; el niño que padece hambre no es woke, tampoco es indecente el tratamiento a las mujeres con HIV para paliar la crisis de orfandad en Africa, y las vacunas para prevenir enfermedades mortales no atentan contra las buenas costumbres. Los conservadores republicanos, MAGA, y el movimiento alt-right justifican la violencia de los oficiales ICE en las calles y la ejecución de civiles que protestan sus acciones, utilizando como coartada la empatía con la joven asesinada por un inmigrante, pero son indiferentes a la suerte de los niños secuestrados de sus escuelas y hogares por ser hijos de inmigrantes. Como en las guerras de la cultura, se demoniza al que no es reconocido en su humanidad.
En el fondo, no es la manipulación de las emociones lo que se denuncia—un tema que he investigado críticamente tomando como ejemplos la proliferación de las conspiraciones y las tormentas de mierda– sino el gesto solidario con personas de piel oscura, de otros géneros, raros. Las decisiones políticas del gobierno de Trump avaladas por sus representantes y seguidores nos agitan con pasiones tristes, miedo, desesperanza, frustración. Intentan poner en pausa el afecto que nos mueve a protestar un clima cultural que empuja al precipicio a nuestros semejantes. A los que ponen el cuerpo para protegerlos, Rebeca Wood, Alex Pretti, se los elimina. La empatía no es tóxica, es la emoción que hace palpable nuestro parentesco con todos los seres humanos.

