
18 de julio de 2024
La imagen de doña Alba, una mujer de unos ochenta años, asaltada de forma brutal cuando se disponía a entrar a un comercio en Bayamón, conmociona al país, pero no necesariamente asombra.
El sospechoso del atraco, captado en vídeo, quien se presume es un individuo adicto a drogas, fue detenido y sería procesado hoy por las autoridades.
Con frecuencia vemos destacado en medios de comunicación el tema del aumento de la población de adultos mayores en Puerto Rico y otras latitudes del planeta. Además, se reitera el asunto de la precarización de las condiciones de vida de este sector poblacional.
La situación impacta tanto el plano material como el nivel moral en relación a las expectativas de lo que considerábamos una buena vida longeva.
En el ámbito material se trata de distinguir entre aquellos “adultos mayores” con acceso a buenos servicios de salud versus esa población flotante de profesionales jubilados con pensiones miserables que tienen que hacer malabarismos para pagar un medicamento urgente o un proceso médico necesario.
En el aspecto moral, la precarización de esta población tanto la que goza de recursos económicos como la que carece de ellos, sufre los embates del deterioro físico propio de la edad, con el agravante de una ausencia de educación por parte de la población de lo que este proceso significa culturalmente hablando.
Envejecer en un sentido cultural significa para el que envejece encontrarse en un mundo que ya no se comprende. ¿Cómo puede un hombre joven y fuerte hacer daño a una anciana vulnerable? Esa es la pregunta que se formulan adultos mayores para quienes su sistema de valores se aleja cada vez más de la realidad que se vive en el presente.
Se trata de una realidad que, entre otras cosas, está marcada por un acentuado ascenso de una población de jóvenes, principalmente varones, avasallados por las adicciones y las violencias del narcotráfico.
Entre un sistema valorativo del joven al parecer desesperado por conseguir dinero rápido, y el de una anciana formada en un sistema de valores en la que se entendía que a las personas mayores se les debe respeto y cuidados, se abre hoy día una brecha cada vez más insondable.
El ascenso de la población de ancianos o personas longevas que a sus ochenta y pico de años todavía conduce, va al supermercado, al banco, y a hacer sus diligencias por derecho propio, tropieza trágicamente con esta otra realidad de una población de varones jóvenes buscando dinero al momento.
Dos realidades que conviven o más bien “malviven” en un mismo espacio y un mismo tiempo, pero con criterios existenciales muy diferentes.
La modernidad científica ha logrado que vivamos más tiempo. Usamos marcapasos, andadores, sillas de ruedas motorizadas, y un arsenal de medicamentos para prolongar la vida del cuerpo biológico.
No obstante, un día cualquiera como le pasó a doña Alba, en cualquier esquina camino al supermercado chocaremos con alguien que nos obligará a pensar en cuál es el sentido de un sistema de salud que nos mantiene vivos por tantos años. Mientras, otros más jóvenes, para “curarse” o lograr otros objetivos, nos atacarán porque carecen de un sistema de salud que les provea, como es debido a cualquier enfermo en una sociedad narcótica, de sus medicamentos.

